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Por Adriano Calero

Es fácil imaginar las reacciones de gran parte del público ante el posible visionado de una película experimental como La cicatriz interior de Philippe Garrel. Incluso por parte de aquellos que están familiarizados con su imagen y su obra más convencional. Por un lado, muchos pensarán que dicha película es el resultado de una época y sus tendencias (los setenta), de una relación marcada por la bohemia (la del mismo director con la actriz protagonista y también cantante Nico) y, en especial, por el abuso de sustancias psicoactivas durante el proceso creativo (que también las hubo). Pero, lo más importante (y quizá lo más injusto), es que algunos dirán que la película no supera el examen del tiempo ni el de un espectador, esta vez sí, sobrio. Sin embargo, ¿es eso cierto o es una crítica formulada desde la incomprensión?

Para responder a esta pregunta, tal vez debiéramos hacernos otra más relevante, si cabe. ¿Qué nos está contando Garrel con su propuesta del año 1972? Si es que nos está contando algo. A ver, volvamos al inicio del film. Tras un fundido de salida, el negro de la pantalla nos lleva a un plano en el que Nico, la mujer protagonista, está recostada sobre un desierto rocoso. Tiene una mano apoyada en la piedra, mientras la otra se pierde entre sus piernas, allí donde el espectador no alcanza a ver. Ante dicha experiencia masturbatoria aparece Garrel, en este caso (aunque también se llama Philippe) como personaje, que la toma entre sus brazos y la lleva con él. La cámara les sigue y les reencuadra en un plano medio, para luego detenerse y dejarles marchar hacia un horizonte desconocido.

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Hasta el momento, lo que nos sugiere el cineasta, es que en la búsqueda del placer dos personas se encuentran, se juntan y caminan de la mano. Pero es entonces cuando su mundo se hace más pequeño y deja de haber espacio para lo demás. Y, aunque puede que se pretenda un equilibrio en la relación, siempre habrá un cónyuge que tire del otro. Tal vez al son de una pregunta tan sencilla como evocadora: “Where are you taking me?”. Así, caminando juntos hacia un futuro desconocido, en un entorno desértico que manifiesta (y anticipa) el vacío de los personajes, bajo el peso de un pasado al que Garrel (director) apela en el fuera de campo, cada vez que Garrel (personaje) se gira preocupado. Fundido a negro.

De esta manera, casi episódica, las secuencias se suceden entre fundidos de salida y entrada, mientras las imágenes no cesan en su intento por representar una idea planteada desde el inicio, ya en el título. La cicatriz interior. Una marca que, como propone Garrel, todos llevamos dentro. Como una impresión que perdura en nuestro ánimo por un sentimiento pasado. Quizá olvidado, pero presente en la contradicción a la que el género humano se ve abocado: atracción y rechazo. De ahí, que el film se sirva de fuerzas contrarias para su representación. Opuestos que se perciben en el género, hombre y mujer, Eva y Adán, el pecado original también. En el paso del tiempo, caminando en círculos o en línea recta, en la niñez, la edad adulta y la muerte. En los estados de ánimo, el llanto o la risa, ahora “help me”, después “I don’t need you”. En el color, blanco o negro, rojo o verde; y en la luz, del día a la oscuridad. En el espacio, desierto (a veces de arena, otras de hielo) y pradera; del paraíso al infierno, el fuego y el mar, la superficie y el cielo, lo terrenal y lo espiritual. Del pecado original a la redención final.

Asimismo, nada que no nos siga contando el actual Philippe Garrel desde su cine narrativo. Una obra que, actualmente, se aleja de lo experimental, pero que sigue dedicada a la comprensión de la existencia y el amor. Ambos temas del todo atemporales y, como acabamos de comprobar, al servicio de múltiples formas. Tan válidas aquí como las que utiliza en La frontera del Alba (2008) cuando, a modo de chiste, el personaje interpretado por Grégory Gadebois relaciona el amor con el movimiento de un limpiaparabrisas: “cuando uno se acerca el otro se aleja y cuando éste otro vuelve a acercarse es el primero quien se aleja”. En dicha película necesita un juego de manos y un par de líneas de diálogo para explicar lo que en La cicatriz interior ocupa la segunda y tercera secuencia de la película. Porque, en ésta última, lo relevante está en sus imágenes y no en boca de sus personajes. Por eso, los diálogos escasean y cuando toman forma, lo hacen, por deseo del propio Garrel, indistintamente en inglés, alemán o francés, sin subtítulos. Cine en estado puro.

Es decir, he aquí un tipo de cine que permite reflexionar no tan solo sobre la historia que plantea sino sobre el propio medio. Sobre la memoria histórica, el imaginario colectivo y, en definitiva, sobre la propia imagen. Y qué mejor reflexión sobre la imagen que la que aparece en Elogio del amor (Jean-Luc Godard, 2001), que nos ayuda a entender el valor de La cicatriz interior y, tal vez, responder a una crítica formulada desde la incomprensión: “Cuando yo pienso en alguna cosa, de hecho, pienso en otra cosa. Uno no puede pensar en algo si no piensa en otra cosa. Por ejemplo, usted ve un paisaje nuevo (para usted), pero no es nuevo, ya que usted lo compara pensando en otro paisaje anciano el cual sí conoce”. Godard dixit.

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