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Por Carles M. Agenjo

Aun más autoconsciente que sus predecesoras, esta tercera entrega dirigida únicamente por Paco Plaza en 2012 pierde profundidad de reflexión sobre el medio digital, pero recupera el tono costumbrista de la primera película para ofrecer un tono tremendamente auto-paródico y una cinefilia todavía más expansiva. Tras exprimir a fondo la premisa de [REC·] (2007) y [REC·] 2 (2009) –un reality zombi encapsulado en un contexto urbano/cercano– Plaza cambia de contexto, bloque de pisos por salón de bodas, y desata un humor con ecos al terror dionisíaco de los primeros Sam Raimi y Peter Jackson y una serie de anotaciones a pie de página de lo más cachondas que van de Stanley Kubrick a Quentin Tarantino, pasando incluso por George A. Romero y Arthur Penn.

En [REC·] 3: Génesis, Plaza se arma de nuevos personajes –más pintorescos y caricaturizados que antes, como un cameraman esnob llamado Atún (Borja Glez. Santaolalla)– y un elemento que también recuerda a Raimi, pero al más reciente, al de Arrástrame al infierno (2009): el romance trágico como principal víctima del ataque infernal. Esta decisión no aporta nada nuevo a la saga, pero destaca por dosificar un dramatismo que: 1) funciona como flirteo con la marca Hollywood sin pecar de ñoño y 2) es el contrapunto idóneo a un ámbito, el de la pirotecnia sangrienta, que, en este punto de la saga, empezaba a quedarse sin batería. Especial mención merece, sin embargo, la aniquilación del “tiet valencià” –preludiado con más humor que terror en el cómic [REC·] Historias inéditas (vvaa, 2012)– y el uso de la motosierra: auténticos homenajes a los maestros de los 80.

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El legado fílmico es, pues, uno de los pilares que sostienen esta película. No obstante, el peso de la mitología acuñada hasta ahora por Balagueró y Plaza también sirve de base para seguir sumando logros. Ejemplares son el primer brote de infección zombi del film en el salón de bodas –todavía grabado a lo found footage– y un pequeño instante en el que la (ya) famosa Niña Medeiros se reserva una breve aparición estelar. La criatura aparece triplicada en un gran espejo como si fuera el reflejo de un grupo de invitados infectados que suben por una gran escalinata. El perfecto micro-guiño a una saga que todavía puede dar un poco más de guerra respecto a sí misma y también la perfecta metáfora de la propia película. Medeiros se multiplica al igual que las referencias y guiños de un film que sigue escarbando en la misma dirección que los anteriores: la de la comedia de terror como eterno placer oscuro.

Y [REC 3·]: Génesis no es la única prueba de esta óptica expansiva. El mentado cómic [REC·] Historias inéditas –una colección de jugosos spin-off guiados por una Medeiros narradora al más puro estilo de Historias de la cripta (vvaa, 1989)– actúa como nuevo complemento a la saga. Especialmente los cuentos “Tristana” de Feliciano G. Zecchin, que elige la pederastia sacerdotal como raíz envenenada de una angeical Medeiros, y “¡Zoombi!” de Alvaro Ruilova, una historieta que ubica otro misterioso brote de rabia diabólica en el Zoo de Barcelona para desatar un apocalipsis urbano no exento de lectura moral: una jugada narrativa idéntica a la de [REC·] 2. Y es que, si Balagueró y Plaza mostraron en aquella segunda entrega una Barcelona tan religiosa como tenebrosa, Ruilova se sirve de los experimentos (reales) de un lucrativo Copito de nieve para inventarse una delirante evasión zombi-animal con el distinguible sabor ácido de las mejores críticas a la barbarie empresarial a través del cine de género. Asimismo, la inclusión bromista de portadas falseadas de periódicos nacionales y autonómicos –como La Vanguardia, El Periódico y El mundo– refuerza una idea ya apuntada en la primera película. Más allá del pan y circo, la saga [REC·] es, ante todo, una ácida reflexión sobre cómo la imagen nos condiciona a través de los medios de comunicación.

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No obstante, volviendo a [REC 3·]: Génesis, quizá su gran defecto es que no se trata de una precuela explicativa, como bien anuncia su título, sino más bien de un spin off, en una línea muy parecida a la del mentado cómic. Asimismo, es una película hasta cierto punto herética, dado que rompe con la restricción formal que sirvió de base para la reflexión en las dos entregas anteriores, registradas únicamente mediante dispositivos incluidos en la diégesis de la trama y manipulados por los propios personajes, y añade el montaje convencional como tirita infalible para celebrar su fiesta. Sin embargo, los chistes pronunciados por el personaje de Atún sobre el cine verité sirven precisamente como anticipación para realizar este radical cambio de escritura: del found footage al montaje ortodoxo.

En las dos primeras entregas se producía un interesante binomio. Reportaje televisivo + (pseudo)reality show. Estos conceptos servían de prisma para abordar el mecanismo zombi como metáfora de la verdadera enfermedad y el verdadero monstruo de nuestra época: la imparable oferta de telebasura que exuda la parrilla televisiva de hoy. En esta nueva secuela, el humor y el terror también están servidos, pero la ecuación parece ser otra. La grabación doméstica da paso a la gamberrada cinéfila en una película que explota a conciencia su condición geek.

Con todo, hay poco que reprochar. Plaza consigue que la casquería se mantenga fresca y sabrosa. Que es lo importante.

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Acerca de Carles M. Agenjo

"Un día sin reír es un día perdido" (Chaplin)

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