Rec-2

Por Carles M. Agenjo

Impacto. Triunfo. Y un reto en el horizonte: continuar la saga. Dos años después del éxito de [REC·] (2007), su secuela obra el milagro. Funciona como relectura de la misma. Si la original despertó intriga a través de algo tan humano como el miedo a lo desconocido, al igual que Alien (Ridley Scott, 1979); la segunda recuerda, a su vez, a la antológica Aliens: El regreso (James Cameron, 1986), dado que genera expectativas distintas que gravitan en torno a una serie de elementos añadidos de lo más estimulantes: nuevos personajes, jugosos instrumentos de combate, nuevas posibilidades de cámara y una misión antagónica. Ahora no se huye del mal. Se busca.

Horas después de los sucesos ocurridos en el edificio infectado del Eixample barcelonés, las fuerzas del orden mantienen la zona acordonada y en continua vigilancia para controlar una supuesta infección biológica. Un equipo del SWAT penetrará en el bloque para encontrar supervivientes, pero nadie es quien parece ser y no todos los recluidos que encuentran a su paso están tan muertos como pensábamos.

Ni la película se queda tan corta de ideas como los más escépticos auguraron. ¡Todo lo contrario! La reflexión del medio cinematográfico que mencionamos en el primer artículo sube aquí un peldaño más. El dispositivo de grabación que los policías llevan incrustados en el casco permite fragmentar la pantalla en una cuadrícula de terror a varios niveles. Otro gran logro de esta secuela con aroma de videojuego es su voluntad por explorar un poco más el universo presentado en la primera película. Por un lado, [REC·] 2 tira de referencias menos inspiradas desde el momento en que añade guiños de corte clásico, como esos exorcismos de habitación a oscuras. Por otro lado, y aquí viene lo mejor, Balagueró y Plaza ejecutan una vuelta de tuerca de aplauso: bañan de glamour a una criatura que regresa en pantalla con nombre propio, más divertida y mitológica que nunca. ¡La Niña Medeiros!

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La cámara de visión nocturna también vuelve, aunque esta vez, para descubrirnos una paradoja: Medeiros sólo es visible en la oscuridad. Sólo el cine permite el placer de ingresar en la otredad y de visualizar lo imaginado. Jaume Balagueró y Paco Plaza, directores de la película, rubrican esta bella carta de amor al séptimo arte mediante la aparición de un bicho que nada tiene que envidiar a figuras de museo como Frankenstein, Drácula o el mismísimo Hombre Lobo.

Igualmente inspirado es el recorrido que nos lleva hasta Medeiros. Al igual que su target cinéfilo, el tándem Plaza-Balagueró ya sabe –por el propio cine– que teles, sótanos y áticos pueden devenir accesos directos al Hades, pero también es consciente de que los últimos reductos del ultra-catolicismo, los recuerdos casposos de la España de Concha Piquer, el mito de la “vampira del Raval” y el paradero desconocido de los huérfanos del tardofranquismo también pueden convertirse en conductos a un infierno que, lejos del liberalismo imperante, dormita donde el ciudadano menos se lo espera: en un piso vecino. Un ingenioso dispositivo de terror que el propio Balagueró siguió explorando en la magnífica y polanskiana Mientras duermes (2011).

¡Ojo! Hablamos de accesos. No de acceso. A diferencia de [REC·], esta espléndida secuela no limita su discurso en una única dirección, sino que se bifurca en dos partes y en dos reflexiones socio-tecnológicas distintas para que confluyan en un desenlace deliciosamente pesimista. Por un lado, suceden imágenes de la épica del soldado mirando a cámara, superado por las circunstancias. Por otro lado, estalla el daño colateral de un grupo de adolescentes infiltrados en el edificio por equivocación, que pasan de la gamberrada de Youtube al sufrimiento en un santiamén.

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Y sí, pesimista, pero también magnético, es el desenlace al que nos empujan Balagueró y Plaza, que insisten una vez más en reducir el terror a su estado más primario. En este sentido, [REC·] 2 aborda el apocalipsis con un añadido esotérico. El beso final, el happy end, se rompe en mil pedazos al encontrar su traducción perfecta en clave terrorífica: la transmisión de un parásito de boca a boca como presagio milenario del fin del mundo.

Como curiosidad, el desenlace de las dos primeras entregas coincide en un aspecto: recupera la figura femenina como eterno placer geek erótico-sangriento a través de a) los senos de una frágil Ángela Vidal a punto de ser engullida por la otredad más espeluznante en [REC·] y b) la mirada y gestos de la misma en un contexto y en una posición diametralmente opuestos respecto a la secuencia anterior, adueñándose de la función en los apocalípticos últimos minutos de [REC·] 2.

Y de repente, la única banda sonora de la que gozan ambas películas estalla a modo de locura rock cuando aparecen los créditos finales. La voz y las guitarras de Carlos Ann en las canciones “Vudú” y “Sangre”, dos cartas de amor electro-acústico a las fuerzas del mal y al morbo de la mujer rebelde que destila la protagonista, mantienen elevado el ritmo vertiginoso de un díptico que, a estas alturas, se ha convertido en un alud incapaz de frenar por sí mismo.

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Acerca de Carles M. Agenjo

"Un día sin reír es un día perdido" (Chaplin)

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