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¿Qué sucedería si, tras el exitoso estreno de Scarface en 1931, su director Howard Hawks hubiera puesto, sin pretenderlo, al corpus mafioso de Chicago en un grave aprieto? ¿Qué pasaría si hubiera representado los asesinatos perpetrados por Al Capone y sus secuaces de una forma tan parecida a la barbarie real que desestabilizara el sindicato del crimen? El periodista de periodistas Antoni Bassas defendió recientemente en una entrevista que su profesión se define como el hecho de revelar información que otra persona no quiere que se revele.

Desde luego, A dirty Carnival (2006), la ambiciosa incursión en el cine negro del director Ha Yu no funciona como ejercicio periodístico, pero su trama se acerca tanto a la definición de Bassas que serviría como respuesta contemporánea a las preguntas anteriores. Por otra parte, la película también sirve como divertido reflejo de una reciente casualidad que aporta complejidad al asunto: el encuentro secreto entre Sean Penn y el líder del cártel de Sinaloa, El Chapo, poco antes de ser detenido por las autoridades mexicanas, evidencia una vez más la fragilidad de aquellos que se creen indestructibles y fracasan por su propio ego, por su obsesiva voluntad de dejar huella tras una agitada vida a contrarreloj.

En el film, Byung-du, un modélico estudiante convertido en mafioso con objeto de dar sustento a una familia en crisis, comete el error de confesar sus sangrientos pasos de ascenso en el mundo del hampa a Min-ho, un amigo de la infancia en busca del guión perfecto para agolpar las taquillas surcoreanas. Filma una película que “mantenga el verdadero espíritu gánster” –le pide el protagonista durante el rodaje, sin darse cuenta de que está comprando un billete de viaje sin regreso.

El cine, parece olvidar Byung-du, es el verdadero asesino de esta película de homicidios, dado que no sólo se proyecta sobre la realidad para tratar de entenderla, sino que actúa sobre la misma, la transforma y destruye. En este sentido, el cuerpo del protagonista, con su tatuaje en la espalda, sus cicatrices y ojos vidriosos, es un cuerpo a cuestionar. Y las preguntas de su amigo Min-ho hacia ese cuerpo encierran una doble lectura. Por un lado, reflejan la misma curiosidad del espectador, es decir, de una sociedad intrigada por los secretos de un arquetipo que funciona al margen de la misma. Por otro lado, estas preguntas también serán el origen de una tragedia involuntaria: la ficción aniquilando a la realidad. Ni más ni menos.

Visto desde otro prisma, a diferencia de una película tan profundamente americana como Enemigos públicos (Michael Mann, 2009), Ha Yu propone el cine como imitador inexperto de la realidad y no al revés. Es decir, que si en la primera película, Mann nos muestra a un Johnny Depp en la piel del fugitivo John Dillinger que se sienta en un cine y se contempla a sí mismo reflejado en las formas y gestos de Clark Gable; la noción de lo cool en A dirty carnaval es diametralmente opuesta, pues viene dada por la experiencia de los gánsteres de carne y hueso. No de sus imitaciones en pantalla.

Estimulante se antoja A dirty carnaval por saber engastar una idea meta-cinematográfica como ésta en temáticas tan trilladas dentro del género como el ascenso y caída, la conspiración y la traición. Como era de esperar, acompañan dicha idea una serie de magnéticas set-pieces de acción. Cuchillos de cocina para cortar sashimi y bates de beisbol se convierten aquí en los utensilios clave para un festín de violencia entre bandas que caen y sufren en salas de máquinas tragaperras, centros comerciales, aparcamientos nocturnos y, en el más impactante de los casos, sobre el barro color beige de un descampado.

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Más contemporánea, sin embargo, es la inclusión de secuencias de karaoke en puntuales momentos de la trama. Al igual que en la misteriosa Sólo Dios perdona (Nicholas Winding Refn, 2013), funcionan como un apunte poético sobre la realidad narrada en la película. Dicho de otro modo, estas secuencias no son únicamente un divertido signo de las formas occidentales adoptadas por el costumbrismo oriental, sino también una cruel metáfora del patetismo trágico en el que se ven inmersos los personajes. Todos ellos, víctimas de un mundo hostil regido por la mentira.

Ante semejante panorama, las sentencias pronunciadas por el protagonista –“una familia es una boca que come de la misma mesa”– pierden toda su fuerza ética. Y la banda de la que forma parte Byung-du acaba compartiendo la misma infantilidad patológica de, por ejemplo, los gánsteres de Sonatine (Takeshi Kitano, 1993): son una pandilla de niños que comen, juegan, extorsionan, se emborrachan y matan sin distinguir ya entre fantasía y realidad.

Con todo, Ha Yu quiere engastar multitud de elementos hollywoodienses en la historia de ascenso y caída de un joven cuyo sendero al infierno está empedrado de buenas intenciones. A dirty carnaval quiere ser, al mismo tiempo, ejercicio noir, drama social y relato de amor imposible. Y lo consigue sin aburrir ni un segundo. Sin embargo, el contexto de corrupción de la Seúl contemporánea queda apenas esbozado.

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Gangnam Blues, el precio del ladrillo

Como si quisiera remediar esto, en su nueva película Ha Yu se inspira en una historia basada en hechos reales y apuesta por indagar en la situación política, social y económica de los años 70. Con la mirada fija en el pasado, algo que pocas veces hemos visto en el nuevo noir surcoreano, Yu habla de Seúl como una ciudad que consiguió huir del fuego de su vecino del norte para caer en las brasas de sus propios problemas sociales.

La película se centra en la amistad de Jong-dae y Yong-ki, dos hermanos vagabundos que se ven inmersos en el sangriento surgimiento del barrio pijo más famoso de la capital que, dicho sea de paso, da nombre a la homónima canción del cantante hortera Psy: Gangnam Blues. Sin un solo won en el bolsillo, son reclutados para ejecutar una violenta incursión en un colegio electoral donde caerán por accidente en el seno de dos organizaciones opuestas y se labrarán un futuro criminal en paralelo que acarreará fatales consecuencias.

Enérgico es el montaje del director a la hora de revelar cómo la astuta mafia se anticipó a las intenciones del gobierno al apoderarse y revalorizar fraudulentamente los terrenos de Gangnam, un distrito edificado con ladrillos manchados de sangre. Igualmente poderosas son las secuencias de acción, aunque en ocasiones disten completamente del tono hallado en A dirty carnaval. Como si el montaje picado no fuera suficiente, Ha Yu añade aquí el (ya cansino) ralentí visual para enfatizar imágenes con una retórica innecesaria con la que el director parece caricaturizarse a sí mismo. Especial mención, sin embargo, merece una set-piece en la que el cineasta repite su pasión por las fuerzas de la naturaleza y muestra a las bandas de ambos hermanos enfrentándose entre sí en un despiadado encuentro en medio de un cementerio inundado por el barro y la lluvia.

Quizá juega en contra de esta película la generosa pluralidad de personajes, ya que embarulla en exceso el guión con golpes de efecto y multitud de sub-tramas que no están siempre a la altura de la principal. La verdadera carga dramática viene dada por cómo la íntima relación entre Jong-dae y Yong-ki se ve corrompida por un entorno donde la codicia y el afán por saborear las mieles del éxito acaban pervirtiendo sus propios valores.

La intimidad que se profesan ambos es una intimidad circular que abre y cierra la película. En este sentido, la narrativa de Gangnam Blues se acerca más a la espectacular New World (Park Hoon-jung, 2013) que a la anterior cinta de mafia de Ha Yu (A dirty Carnival). Y es así por su condición de buddy movie, un concepto reflejado a modo de epílogo en ambas producciones. Tanto Hoon-jung como Ha Yu engastan una última secuencia al final de sus películas que enfatiza, a modo de relectura, el fuerte vínculo de unión entre el dúo protagonista, víctimas de un mismo fatalismo.

Igualmente similares son New World y Gangnam Blues en cuestión de estilo. Mientras la soledad en claroscuro del policía infiltrado que interpreta Choi Min-sik en el primer film recuerda a la soledad de Michael Corleone; el montaje paralelo de la segunda, entre la celebración de una boda y un ajuste de cuentas, evidencia que ésta también es una cinta confeccionada a la sombra de El padrino (Francis Ford Coppola, 1972). Y aun invirtiendo los roles de sus personajes centrales –esta vez no será el hijo el caballero blanco convertido a implacable gánster, sino el padre, un ex mafioso que se ve arrastrado de nuevo hacia la violencia por culpa de su propia sangre– Gangnam Blues no escapa de su referente. Tampoco lo pretende.

Una vez más, el cine negro surcoreano certifica que resiste a toda clase de comparaciones y que goza, en definitiva, de buena salud. Su pulso late con fuerza. Su autoconciencia es poderosa.

C. M. A.

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Acerca de Carles M. Agenjo

"Un día sin reír es un día perdido" (Chaplin)

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