14-arrondissement-short-film

¿Qué pasaría si en Casino (Martin Scorsese, 1995) centráramos el foco de atención, no en el hiperbólico protagonista, sino en uno de los simpáticos veraneantes que aparecen al final de la película penetrando a cámara lenta en el vestíbulo de lo que fue el gran imperio de la mafia? ¿Qué ocurriría si decidiéramos realizar un film sobre uno de los irrelevantes asistentes a la charla sobre estrategias de venta que Leo Dicaprio en la piel de Jordan Belfort pronuncia en el epílogo de El lobo de Wall Street (Ídem, 2013)? Dicho de otro modo, ¿cómo se hace una película sobre la sociedad de masas y la cultura industrial?

Probablemente, el resultado casaría perfectamente con lo que la Escuela de Frankfurt resumió como un conjunto de individuos alienados a merced del capitalismo. Sin duda, un buen ejemplo de esto es el episodio 14 arrondisement dirigido por Alexander Payne para la película coral Paris, je t’aime (vvaa, 2006), que fue realizada con objeto de ofrecer una mirada personal a los 20 distritos que integran la capital gala. En este caso, la historia de Payne versa sobre el viaje vacacional de Carol, una solitaria turista norteamericana que aterriza en París y, tras un recorrido insustancial por la ciudad, encuentra en un parque a media tarde una inesperada respuesta vital.

A diferencia de Los descendientes (2011) y Nebraska (2013) no encontramos aquí rastro alguno de angustia ni de inquietud en la protagonista, pero sí una mirada nostálgica hacia al pasado que Payne ya puede asignarse como propia. Sin embargo, no es aquí donde reside el auténtico poder de este corto.

Durante el trayecto, llama la atención que París no aparezca otra vez como aquel mágico lugar que solía rendir culto al tópico. Lejos de los lugares comunes, la mirada de Payne es alérgica al mismo. En ningún momento nos muestra la ciudad de postal que la voluntad publicitaria nos ha obligado a ver, sino que traza -a través de una monótona narración y de un irónica melodía de ascensor- un tranquilo paseo por calles, restaurantes, monumentos y parques de la urbe para reírse del turismo yankee en territorio europeo. No obstante, debajo de esta pátina de humor palpita una intención mucho más profunda. Payne plantea una tremenda paradoja: ¿cómo es posible que en un viaje tan superficial, tan anclado a la apabullante oferta que los consumidores occidentales devoran inconscientemente, la protagonista se encuentre de repente con el yo más profundo de nuestro ser?

La clave reside en la secuencia final de planos-contraplanos en los que la banda sonora adopta un tono dramático y Carol se queda atónita contemplando una vulgar escena de parque: la excéntrica representación de una epifanía ante la nada. Y es que el “happy end” —parece rematar el cineasta— no sólo es lo que Hollywood nos ha acostumbrado a ver. Ya no es esa meta a la que llegas exhausto, tras haber perdido el amor de tu vida en una ciudad donde estallan las emociones en cada esquina. Al contrario, Payne recuerda que un final feliz también es posible desde el más absurdo de los giros de guión. ¿Por qué? En un formato tan pequeño como éste, al director estadounidense no le da tiempo a buscar respuestas, pero sí a repetir, por otros cauces, la misma idea que Scorsese brindó en sus mordaces epílogos: la nuestra es una mala época para la épica.

C. M. A.

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Acerca de Carles M. Agenjo

"Un día sin reír es un día perdido" (Chaplin)

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