Miss-Hokusai-O-Ei-inspiration-drawing-ukiyo-e

Encumbrada en el MNAC, entre otros tantos museos del mundo, La gran ola de Kanagawa (1833) –primera de las 36 vistas del Fuji– luce como la más famosa de las estampas japonesas del pintor y grabador Katsushika Hokusai. Igualmente glorificada aparece en una película que versa sobre este autor: Miss Hokusai (Keichii Hara, 2015).

No se dejen llevar por la intuición. No veremos al maestro en tacones. La obra, galardonada en numerosos festivales, más bien podría resumirse como el biopic menos convencional de los últimos tiempos. Esto significa que todo el protagonismo que pudiera destilar el artista queda distribuido en dos partes. Por un lado, aparece la figura del maestro Hokusai, a quien simplemente conocemos como Tetsuzo, un creador incansable con el corazón de piedra que entrega su vida al dibujo. Por otro lado, ofrece un delicioso contrapunto su joven hija, O-Ei, un talento en la sombra que aprende, enmienda y colabora detrás de la gran firma paterna y que, más allá de su vocación, se revela como una chica con ganas de experimentar todo aquello que la vida le pueda ofrecer sin tener muy claro qué dirección tomar: perfecta síntesis de la heroina moderna.

Ante todo, esta película podría contemplarse como un cambio de enfoque a múltiples niveles. Su apertura, un puente sobre lo que parecen ser las aguas del Sumida –río que atraviesaba Edo, la actual Tokio– es toda una declaración de intenciones. Los arpegios de una guitarra eléctrica, genial decisión de Harumi Fuuki, acompañan el vaivén de la sociedad nipona transitando hasta que la cámara llega al personaje que nos interesa. La representación histórica de ropajes, utensilios y costumbres parece precisa. No obstante, la banda sonora invita al más puro anacronismo. Keichii Hara se coloca así la etiqueta del posmodernismo para brindarnos una gozosa y excéntrica introducción a la vida de la protagonista, una joven con la incógnita grabada en cada plano.

Y como era de esperar, la mentada estampa de la gran ola no tardará en conquistar plano, pero lo hará con un alarmante error de raccord histórico. En vez de representar la obra en alta mar, el director ubica el motivo de esta ukiyo-e (o “imagen del mundo flotante”) cerca de Edo. Y lo hace de la forma más enfática y kitsch: congelando de repente una inmensa ola surgida de las aguas del río Sumida. Como si de un Tarantino de la animación se tratara, el director nipón reescribe el pasado en virtud de la poesía visual. Hara no se limita a invitar al recuerdo pictórico, sino que juega, al igual que el dibujante del que bebe, con los elementos plásticos del paisaje japonés. Así, la amenaza suspendida que conservamos en la mente sobre un grupo de remeros comerciantes, víctimas de un violento oleaje, se traduce en pantalla en la imagen detenida de amor entre dos cuerpos abrazados: el de la protagonista, O-Ei, y el de su pequeña hermana enferma, felices ignorantes de un destino trágico.

Por suerte, ésta no será la primera ni la última nota al pie. Las referencias de Hara no se suscriben únicamente a la gran ola ni a los tranquilos campos nevados de Hokusai. Se ramifican más allá de su obra y alcanzan cotas de brillantez a raíz de un inesperado giro de guión.

O-Ei y su progenitor se ganan la vida dibujando sin parar en un desvencijado apartamento minado de telarañas, manchas de tinta y papeles arrugados, hasta que la fama de Hokusai conducirá a ambos a un nuevo estadio profesional cuando reciban el encargo de poner fin al tormento de una cortesana que asegura recibir el continuo acoso de un fantasma. La aparición emerge cada noche de un cuadro colgado en la pared de su habitación cuya composición recuerda tremendamente al jardín de las delicias del Bosco. Tetsuzo y O-Ei se convertirán así en un heterodoxo dúo épico capaz de poner fin al peor de los hechizos. En una de las mejores imágenes del film, el movimiento de una puerta corredera dejará entrever por unos segundos a la cortesana poseída por el horror. Su dormitorio está envuelto en llamas. Y su cara, oculta bajo la máscara Hannya, un símbolo demoníaco que procede del teatro Noh y representa la furia de la mujer traicionada por su amado. Imágenes como ésta estallan en pantalla y refrescan con tremenda concisión el imaginario de la tierra del sol naciente.

Miss-Hokusai-O-Ei-and-Tetsuzo

Igualmente impactantes son las secuencias oníricas de la película. Una vez más, Hara mutará su enfoque incorporando lo sobrenatural como gozosa invocación de los motivos japoneses. El estruendo de un buda dorado aplastando viviendas a pleno día, las manos fantasmagóricas de un pintor recorriendo un verdoso prado a toda pastilla y el descenso de un mastodóntico dragón a través de las nubes de una tormentosa noche son ejemplos fascinantes.

El arte, parece afirmar el director con semejante despliegue visual, es un arma de doble filo, tan capaz de despertar los más goyescos monstruos de nuestro subconsciente como de exorcizarlos a través de la razón.

No satisfecho todavía, Keichii Hara decide culminar su bizarra película con una broma formal. La imagen del puente que aparece en el inicio, en la ciudad de Edo, da paso a una imagen idéntica, pero ubicada en plena actualidad. De este modo, el milenario efecto del paso del tiempo de Stanley Kubrick deviene aquí un inesperado gag temporal. Tokio, parece culminar, es una ciudad inalterable, un espacio gobernado por el continuo movimiento de un puente transitado sin descanso: perfecta máscara para esconder la amarga historia de un talento ignorado.

Sí, es innegable que el director peca de cierta pretenciosidad y que, en tan disperso guión, conjuga sin demasiada fortuna la desgracias y desamores de su enigmática protagonista con el tsunami de sueños que guarda en la recámara. Tampoco se puede negar que Hara se reafirma, sin lugar a dudas, como el Papá Noel de la animación estimulante.

C. M. A.

Acerca de Carles M. Agenjo

"Un día sin reír es un día perdido" (Chaplin)

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