Bergman

De una quietud casi angustiosa, la isla de Färo (Suecia) sólo parece aunar tres cosas: farallones, agua e Ingmar Bergman. El lugar casi resulta una extensión de su personalidad. Su casa, construida tras filmar la obra maestra Persona (1966), está rodeada por una verja en medio de la naturaleza. Es una construcción de madera y de piedra. Nada histriónica. Todo lo contrario. Invita a la tranquilidad y al sosiego. Una vez allí, nos abre la puerta el mismo Bergman, custodiado por enfermeras. Abrigado con una bata de felpa y voz rota nos ofrece un té caliente mientras nos sentamos en el sofá de su salón. Deja un libro abierto sobre la mesa. Las palabras de Shakespeare nos acechan. De repente, un gato de pelo lacio atraviesa la sala.

Veo que le gustan los animales

Durante mi matrimonio con Liv Ullmann tuve un perro. Al separarnos, se lo llevó junto con nuestra hija. Ahora convivo con un gato luterano y un perro agnóstico –afirma sonriendo. Me gusta su compañía.

Veo que son animales declarados

Parece que todos necesitamos una definición. ¿No cree?

Definiciones y compañía. Y a usted no le falta de nada: vive con cuatro enfermeras

Ellas se encargan de mitigar mis dolores. Me ayudan mucho. Cuando mi esposa murió, me sentí perdido. Ingrid Von Rosen lo era todo para mí. Tengo ganas de reunirme con ella de nuevo.

¿Teme a consumar esa reunión?

Llevo toda la vida pensando en la muerte. A lo incierto siempre se le teme. Esto es lo que he intentado solucionar con mis películas.

¿Y lo ha conseguido?

Dejé la adolescencia tarde, ¿sabe? A los cincuenta y tres años… Crecí de golpe, sin intervalos. Y tuve que ordenar demasiadas cosas en mi cabeza. Por aquel entonces, ya me había divorciado cuatro veces y tenía ocho hijos.

Que se dice rápido…

Debo reconocer que no lo hice demasiado bien con ellos, pero ahí están. Y me siento satisfecho. Ahora, gozamos de una buena relación y me visitan en compañía de nietos. Incluso Liv viene a verme. Siempre me abraza.

Bergman & Ullmann

Tiene usted fama de ser alguien cariñoso

Me gustan los abrazos. Son el mejor remedio para los males. De niño no gocé de un ambiente demasiado cálido ni familiar. Mi padre era pastor luterano y mi madre, enfermera. Estaban más empeñados en dar una imagen que en ofrecer calor a mis hermanos y a mí. Era un ambiente tenso y asfixiante. Con 19 años, me peleé con mi padre y me marché.

¿Es todo lo que recuerda de su niñez?

Antes era más íntegro que ahora. Cuando empezamos a crecer nos estropeamos.

Su cine indica lo contrario.

Mi vida, no.

¿Qué películas recuerda de su infancia?

La bella negra. Una película sobre un caballo. La vi de pequeño. Años después, mi tía, una mujer adinerada, le regaló a mi hermano un proyector. Y a mi hermano el cine no le interesaba demasiado, así que le cambié mis soldaditos de plomo por el proyector.

¡Buen cambio!

Perdí batallas… pero salí ganando.

Y a sus padres, ¿les gustaba el cine?

Bueno, lo del cine fue más cosa mía. Mis padres esperaban que yo me pusiera el hábito. Y al final me convertí en director de cine.

Persona

Por cierto, nos hemos fijado en que está leyendo a Shakespeare

Macbeth.

Elija una adaptación de esta novela

Trono de sangre de Akira Kurosawa.

¿Por qué?

Siempre he admirado su trabajo. No por los gritos que sueltan los actores, desde luego.

Déjese de gritos y susurros…

¡Siguiente pregunta! –responde entre carcajadas.

Mencione su película favorita

La carreta fantasma de Sjöström. Víctor trabajaba todo aquello que a mí me interesa: la muerte, la religión, lo pagano… ¡Su trabajo con la imagen destila poesía! De joven, empecé con pasajes de angustia. Todo en mi vida me llevó a explorar los miedos y la muerte. Sjöström ha sido para mí un referente.

¿Y sus mujeres? ¿También lo son? Le recordamos que es considerado uno de los directores más emblemáticos del matrimonio

El matrimonio tiene consecuencias: buenas y malas.

¿Cuáles son las buenas?

Haber superado las malas.

Empecemos desde el principio. ¿Qué recuerda de su primer matrimonio?

Cuando me casé con Else Fisher, todo empezó con entusiasmo, pero con el paso del tiempo la ilusión se perdió por el camino.

Monica

¿Por eso hizo Un verano con Mónica?

Posiblemente… En esta película trato el amor de juventud. Todo parece maravilloso hasta que llegan los problemas. ¡Con qué facilidad se desmorona todo! Esto me pasó a menudo, hasta que llegó Ingrid.

¿Y con ella llegó el color?

En todos los sentidos. Ingrid Bergman me apaciguó el alma. Mi cine también cambió: Gritos y susurros, Cara a cara, Fanny y Alexander… Dejé el blanco y negro atrás.

Dígame, ¿es para usted el blanco y negro una mera apuesta estética o conlleva algo más?

Cuando era pequeño, mi padre solía regañarme a menudo. Cuando el castigo era muy severo, me encerraba en una habitación a oscuras. ¡Temía la oscuridad como no se imaginan! Un día encontré en casa una linterna de luz tenue y la escondí en la habitación donde mi padre solía encerrarme.

Desde entonces, los castigos cambiaron. Cada vez que volvía a pasar por aquel calvario, recuperaba mi linterna y proyectaba su luz contra la pared. Imaginaba que estaba en el cine.

¡Su linterna mágica!

¡Exacto!

Pero no ha respondido a mi pregunta…

Ni pienso hacerlo –responde con sonrisa picaresca.

Sydow

¿Con quién ha disfrutado más trabajando?

Max Von Sydow es estupendo. Liv Ullman, un ángel. Y Harriet Andersson, la actriz más salvaje que haya visto. De un erotismo abrumador. Con ella viví tres huracanados años.

¿Y Sven Nykvist?

Ui, Sven… Con él experimenté algo parecido a lo que Federico Fellini vivió con Nino Rota. Nos conocimos y no nos hemos separado nunca. ¡Demasiadas cosas en común! Nos costaba mucho permanecer en casa. En familia. Siempre trabajando a horas intempestivas. Su trabajo, por cierto, ¡es de un realismo y una sencillez extraordinarios!

Como el suyo

Desde que dirigí teatro en la universidad siempre he querido explorar la tremenda complejidad del alma humana. Y a eso me he dedicado. O eso creo.

¿Es usted un desilachador?

No soy muy dado a la costura. Me gusta la antroponimia.

En ese caso, debo decirle que mi padre me puso mi nombre por una de sus películas

¡Bendito sea su papá!

Mónica Campoy Milà & Carles Martinez Agenjo

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Acerca de Carles M. Agenjo

"Un día sin reír es un día perdido" (Chaplin)

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