Reality

El pasado jueves la ciudad Sitges despertó nada dispuesta a dejar entrar el frío en su particular microclima, en una mañana más veraniega que otoñal. A quienes sí dio luz verde, por desgracia, fue a los mosquitos, dispuestos a sorber la hemoglobina de la prensa más habituada a las terrazas, con el mismo ímpetu que el protagonista de la delirante comedia indie de vampiros Summer of blood (Onur Tukel, 2013), proyectada el pasado sábado en el Cine Prado. Pero no es esta película la que hoy nos compete, sino dos obras muy distintas y muy bien labradas.

Por un lado, un film que desembarca en Sitges cuál tsunami, tras erigirse como el más taquillero de la historia de Argentina: el candidato al Oscar Relatos salvajes (Damián Szifrón, 2014). Se trata de una negrísima, mordaz y vitriólica comedia inspirada en los Cuentos asombrosos de la Amblin -la productora de Steven Spielberg- que viene a certificar ese estadio de calidad suprema que en los últimos años empezábamos a echar de menos en el panorama gaucho. Por el otro, Réalité (Quentin Dupieux, 2014), otra comedia, con el absurdo como denominador común, galardonada en esta misma edición de Sitges con el Premio de la Crítica. Quizá la propuesta más excéntrica y enrevesada de este año y, desde luego, la que más coincide con el tema elegido para esta 47º edición dedicada al mundo de los sueños y a sus infinitas posibilidades con lo esquivo. También es una de las películas más estimulantes y reflexivas del certamen. Para que se hagan una idea, esta obra viene a ser una suerte de picadura de mosquito en el cerebro. Como un “eccema interior”. Así lo expresa el personaje del médico interpretado por el californiano Patrick Bristow, con la cara barnizada de erupciones, cuando se dirige a su paciente (Jon Heder) para hacerle entender que el escozor que padece constantemente y que le impide trabajar es algo ficticio. Una realidad inexistente. Puro autoengaño. Nada que ver con las picaduras en las terrazas de Sitges.

Con todo, Szifrón, dotado artífice de carcajadas, nos plantea su historia como un abanico de seis cuentos distintos, temáticamente hermanos y deliciosamente ácidos. Desde el via crucis de un padre interpretado por el siempre solvente Ricardo Darín, que trabaja detonando edificios y que un (mal) día es invadido por la sombra del fatalismo urbano cuando le cae encima todo el peso de la ley en forma de multas de aparcamiento y problemas familiares; hasta el duelo a muerte entre dos jinetes del asfalto –uno, el pijo altivo conductor de un Audi, el otro, un grosero redneck portador de un coche destartalado– que son abocados a un torbellino de violencia sin sentido. Como si de una versión macabra de El diablo sobre ruedas (1971) se tratara.

¡Spielberg otra vez! Pero con una diferencia abisal. Aquí, a diferencia de aquel conductor asustado e increpado por un misterioso camionero en medio de una solitaria carretera, los protagonistas son alérgicos a la pasividad. Si les putean, devuelven la pelota. Con más fuerza que nunca. Tanto o más que Michael Douglas en Un día de furia (Joel Schumacher, 1992). Porque están hartos de recibir porrazos. Ya provengan de un individuo en concreto o sean golpes propinados por un sistema exhaustivo de recaudación del que irremediablemente forman parte. Aquí los personajes se desesperan, se indignan y explotan. Son individuos que pinchan. No como los mosquitos. Más bien como los dardos. Y Szifrón, astuto narrador de este fresco coral, hace diana retratando perfiles de una sociedad de indignados que se redimen por la vía del ¡basta ya!

Dupieux, en cambio, opta por hacer reír desde el más radical de los absurdos con un tipo de humor que posee la misma voluntad de alejarse del gag fácil y de desarticular las claves de la comedia convencional, que el magnífico ejercicio cómico que pergeñó en Wrong (2012). Ahora, en su nueva película, encontramos algo del David Lynch de Carretera perdida (1997) en ese guionista que encarna Alain Chabat y que llama apurado a su jefe por teléfono para notificarle que ha visto en pantalla la película que todavía no ha acabado de escribir, al mismo tiempo que dicho jefe está reunido con él mismo en su despacho.

¡Menudo lío! ¡Menuda hibridación de realidades! ¿Cuál es la verdadera? De entre todas las que plantea a lo largo del film, el director de Rubber (2010) no parece resaltar ninguna por encima de las otras. Todo queda en una vorágine de surrealismo. Pero vorágine con subtexto e invitación a la reflexión. No sólo es un artefacto cómico. En cualquier caso, la mentada secuencia se antoja la versión simpática de aquel momento tan siniestro del film de Lynch en que el misterioso hombre maquillado que encarnaba Robert Blake en una fiesta doméstica se acercaba al personaje de Bill Pulman para pasarle una llamada de su casa con él mismo.

Szifrón y Lynch. Y también Buñuel. El mismo grado de absurdo. O dicho de otra manera, el mismo tipo de picadura. Nada de erupciones epidérmicas. Aquí todo el picor es interno. Del que deja huella en la memoria.

C. M. A.

Acerca de Carles M. Agenjo

"Un día sin reír es un día perdido" (Chaplin)

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