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HUMANISTA Y POLÍTICO
Siempre recordaremos a Hayao Miyazaki como gran arquitecto de la imaginación, pero también como una suerte de chamán invocador del humanismo de Akira Kurosawa, de un cine sin fecha de caducidad que siempre es bueno revisar. Hay, sin embargo, algo más que un parecido conceptual entre las obras maestras de este emperador del cine clásico y la película con la que Miyazaki ha querido cerrar su nutritiva carrera como director, El viento se levanta (2013), un biopic sobre Jiro Horikoshi, el diseñador aeronáutico del caza más mortífero de la aviación japonesa, que está narrado en forma de recorrido por el Japón de los años 20, 30 y 40, deteniéndose en los sucesos históricos más destacados. Ahora bien, el parecido entre ambos maestros es más específico que generalizado y, desde luego, la película de Miyazaki va mucho más allá en cuestiones políticas respecto a una herida todavía sangrante en Japón como son las tragedias de la Segunda Guerra Mundial, que la muy hollywoodiense carrera de Kurosawa, un director siempre atado al género y al placer que destila el mismo.

A diferencia de, pongamos por caso, Los bajos fondos (1957) y Dodeskaden (1970), películas de Kurosawa donde los sueños de una comunidad sumida en la miseria se proponían como caramelos utópicos para reforzar el contraste con una realidad azotada por el fatalismo, Miyazaki prefiere despedirse apelando a la belleza y a la despreocupación con un juego a caballo entre lo real y lo onírico, edificado sobre uno de los peores contextos de la historia contemporánea y, desde luego, uno de los más ausentes en el panorama cultural nipón desde la exhaustiva trilogía de La condición humana (Masaki Kobayashi, 1959-61). Sin embargo, paralelos son los valores que preservan Kurosawa y Miyazaki, así como el uso de las fuerzas de la naturaleza para enfatizar momentos clave de sus relatos. Pero mientras el primero apuesta por el subrayado con secuencias como la del chaparrón que acompaña la batalla final de Los siete samuráis (1954) y la peligrosa ventisca que marca el despertar de la amistad en Dersu Uzala (1975), el segundo hará gala de toda la sutileza que le permite su trazo de dibujante para sorprendernos con la tranquila y extraña representación del Gran terremoto de Kanto (1923) y también con ese momento de poesía final donde la muerte elíptica de Nahoko Satomi –el ‘love interest’ del protagonista– coincide con el inicio de un nuevo soplo de aire fresco sobre una gama de verdes que inunda la imagen del campo que cierra la película. Dos formas tan magníficas como antagónicas de utilizar la naturaleza como recurso en una historia.
Queda, pues, justificada la maestría formal de Miyazaki. ¡Pero no sólo eso! Entusiasta del marxismo, antimilitarista hasta la médula y defensor de un ecologismo alérgico a los mensajes maniqueístas de la marca Hollywood, Miyazaki ha firmado –¡por fin!– su película más seria y polémica: una oda al optimismo que pone toda su imaginería visual al servicio de una historia que se atreve a escarbar en territorio tabú –ese pasado bélico nipón– sin necesidad de mostrarlo. El adiós idóneo para estos tiempos de ánimo alicaído y espesa visión de futuro.

TODO FINAL ESTÁ CONTENIDO EN UN PRINCIPIO
Por Adriano Calero

“Te quiero desde el momento en que el viento te trajo a mí”

Nos encontramos ante la última película de Hayao Miyazaki, que no es lo mismo que afrontar el epílogo de su filmografía, y en sí la más madura. De alguna manera, no he podido dejar de intuir durante su visionado a un Miyazaki en conflicto a lo largo de toda su carrera, obligado, quizás, en ciertos momentos, a anteponer sus sueños al amor y la amistad. Pero, cuánta belleza puede haber en la lucha de la creación… Ya lo dijo en su día David Wark Griffith: “Lo que el cine necesita es belleza, la belleza del viento moviéndose entre las hojas de los árboles.” Y si algo tiene esta película es dicha belleza. Sin embargo, no quisiera confundirles… El viento se levanta (2013) no es una concatenación de planos hermosos. Que también los hay. Es, como dice Griffith, el sentir de una belleza práctica. Es bello en tanto que es útil, pero invisible, ya que son las hojas las que se mueven ante nuestra mirada. Del mismo modo, Jiro, su protagonista, debe medir todas las piezas que forman el engranaje de la maquinaria para crear. Aunque sean las líneas exteriores las que se apropien de la identidad y el movimiento el que nos permita juzgar. Por eso mismo, la película consigue que nuestro juicio camine de la mano del mismo Jiro, guardando en nuestro puño el deseo vehemente de alcanzar sus sueños. Porque en dicho empeño no siempre hay espacio para el amor, la amistad o la guerra. Porque la guerra… la guerra ya es otra cosa, señores. La guerra te pilla donde te pilla y, paradójicamente, es gracias a ella que Jiro consigue pasar a la posteridad. ¿Quién dijo que el amor es la fuente de inspiración de toda creación? Desgraciadamente, la historia siempre se escribe con sangre.
En fin, el viento se levanta… El mundo sigue dando vueltas. Sobre su eje y alrededor del sol. Y con él, nosotros, aunque inmóviles, también giramos. Quizá por ello sea de suma importancia, no tan solo ser conscientes de nuestros movimientos, sino intentar dirigirlos hacia nuestros propios objetivos. ¡Tratemos de vivir!

Miyazaki

LOS SUEÑOS DE HAYAO MIYAZAKI
Por Borja Germain
El cine de Hayao Miyazaki siempre se ha caracterizado por ser mágico, onírico y caótico. Además de dotar a sus películas de un lirismo visual único, ha provocado que sean objeto de centenares de interpretaciones distintas. Un número importante de dichas interpretaciones han sido oscuras y deprimentes y han ofrecido una visión desesperanzadora de la vida y la condición humana. Sin embargo, por si a estas alturas alguien aún no se había dado cuenta, su última película, El viento se levanta (2013), es clara, honesta e incontestable en su mensaje: por muy agresivo y desolador que sea el mundo exterior, vale la pena vivir. También es su obra más madura y más adulta. Al verla, uno no puede evitar la agridulce sensación de que el director pretende despedirse de su público, a quien ha visto crecer, a quien ha intentado guiar y a quien quiere decir unas últimas palabras antes de que regresen a su rutina. Sea como fuere, es una película deliciosa en la que detectamos todos los elementos que integran su filmografía: el amor por la naturaleza, el crecimiento vital de sus personajes, la mezcla entre sueños y realidad y el ritmo lento a la par que absorbente de la historia que nos cuenta.
Miyazaki, al igual que Jiro, su último protagonista, ha trabajado incansablemente para lograr su sueño: universalizar el cine de animación, hacerlo accesible para todos, niños y adultos, occidentales y orientales. Y tanto Miyazaki como Jiro nos demuestran que quienes se benefician de verdad de un sueño cumplido no son los individuos que alcanzan dicho sueño, sino todos los beneficiarios de su trabajo: los receptores de su herencia. El viento se levanta (2013) nos demuestra, en definitiva, que Miyazaki y sus sueños seguirán vivos muchos, muchos años.

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