Holy Motors

3. Lo bueno, si raro…

Durante el último lustro, la limusina parece haberse convertido en metáfora de moda y en símbolo de nuestro tiempo, utilizado por directores como Steven Soderbergh, David Cronenberg y Léos Carax. Especialmente los dos últimos. Si para el Cosmopolis (2012) de Cronenberg ha significado la placenta de un hijo del ultra-capitalismo, el hermético hogar de un multimillonario y aburguesado inversor, desconectado de los problemas de la calle, pero infectado de impasibilidad y materialismo; para el Holy Motors (2012) de Carax, la limusina es un espacio de tránsito, un camerino de preparación y maquillaje donde su actor fetiche, Denis Lavant, se arregla para actuar. No sobre una tarima o escenario. Su personaje, Monsieur Oscar, actúa sobre el mismo mundo en el que vivimos. Y es a partir de esta idea que Carax enhebra una serie de situaciones, a cuál más surrealista, que nos brindan la dosis de cine esquivo, curvo, duchampiano y abracadabrante que la cartelera pedía a gritos antes de acabar el año.

Trece años después de firmar la erótica Pola X (1999) y recuperando un poquito la secuencia del vagabundo godzilliano que filmó para la película de episodios Tokyo! (2008), Carax nos ha ofrecido una inclasificable experiencia con el cine digital y sus infinitas posibilidades. Desde mostrar dos monstruos en animación 3D que son la proyección de una relación sexual entre actores enfundados en ‘trajes de captura de imagen’ -Lavant y la contorsionista Zlata-, hasta el instante, olvidado por muchos, en que la cámara de Carax está recorriendo un supuesto cementerio oscuro y, de repente, el plano se fragmenta. Una parte del mismo permanece quieta unos segundos, mientras la otra sigue en movimiento, como si estuviéramos viendo una película por ordenador con un reproductor de vídeo que no la procesa correctamente.

Además de estos juegos con lo digital, también habrá momentos para el erotismo. Un erotismo chocante, representado por la mencionada secuencia de Lavant y Zlata embutidos en trajes de motion capture. Y quizá no podamos hablar de erotismo en esta representación desquiciada y sórdida en la que el Monsieur Oscar duerme con el pene erecto sobre el regazo de una modélica y fría Eva Mendes, pero es innegable que choca, sorprende y es visualmente estimulante.

En la última película de Léos Carax asistimos a una surrealista concatenación de historias inacabadas cuyo denominador común es ese Monsieur Oscar que, desempeñando diferentes papeles, vistiendo distintas máscaras sin aparente conexión entre sí, nos habla, a lo largo de su recorrido urbano, del cine como canto a la belleza del gesto y como poema de amor al último reducto de verdad que existe, la actuación, en un mundo que –como el futuro distópico que propone Cosmopolis (David Cronenberg, 2012)– es cada vez más caótico.

Alabada y vilipendiada, Holy Motors es todo esto y también una película que entiende el cine como un cuerpo en crisis con el que levantar discursos sobre la liquidez del yo, sobre lo proteica y maleable que es la identidad del hombre contemporáneo. Una proeza.

Skyfall

4. Bond renovado

Escolta de la Reina de Inglaterra, avatar de videojuego, estandarte de otra colosal campaña de marketing… En 2012, James Bond cumplía 50 años y Daniel Craig se tomó la molestia de volverse a poner su mejor esmoquin por tercera vez para convertirlo en uno de los protagonistas culturales del año. Y qué mejor, para celebrarlo, que un ‘reboot’ de la franquicia tan extraño y fresco, tan profundo y humano, tan poderoso y distinto, como Skyfall: ¿la mejor película del superagente 007 hasta la fecha?

Lejos del aura pop y de esa pirotecnia gratuita que envolvía al elegante Pierce Brosnan en títulos como El mundo nunca es suficiente (Michael Apted, 1999) y Muere otro día (Lee Tamahori, 2002), Daniel Craig consigue lo que en Casino Royale (Martin Campbell, 2006) no acabó de despegar: un relanzamiento definitivo de la saga, no empañado por la siempre competente trilogía de Jason Bourne. A tal efecto ayuda, sobre todo, la tarea del director dotado para el drama Sam Mendes y un magnífico guión coral que, en 2010, con la quiebra de la Metro Goldwyn Mayer (MGM), estuvo al borde de la desaparición.

Por fortuna, el último James Bond es menos superficial y más abierto a su oscuro y ambiguo pasado. Más psicoanalizado por su antagonista que simplemente atacado u odiado. Menos acrobático de lo que fue en sus –supuestos– años mozos. Más vulnerable y emocional. En definitiva, más Bogart que Fairbanks. Así es el vigésimo tercero Bond: un superagente renovado que ya no está hecho para esos complejos tiempos actuales donde la sociedad, inundada por los mares de la crisis y boqueando a duras penas, sufre el añadido de una amenaza abstracta, cibernética. El virus de la corrupción se expande por sus estructuras, camuflando al enemigo y facilitando su infiltración en cúpulas de poder para cometer atentados.

Ante tan inestable panorama, sólo un Bond crepuscular, aferrado a la radio demodé, al cochazo ‘vintage’, a la cuchilla que afeita y a la que mata, y a la trampa doméstica antes que a la pistola, sólo un Bond que, además, rinde honor a los inicios de la saga y al Sean Connery de Agente 007 contra el Dr. No (Terence Young, 1962), podrá hacer frente a un mal –con la cara y gestos del, esta vez, manierista Javier Bardem– que regresa del pasado con sed de venganza y que, como Bond, también sufre, también llora.

Al final de Skyfall, todo adquiere sentido. El glorioso asedio en una casa de campo en medio de la Escocia profunda recupera la mejor tradición climática de Río Bravo (Howard Hawks, 1959) y da paso a una serie de catarsis en una iglesia rural que concede al film una poderosa dimensión de intimidad y descubrimiento. Después de más de dos horas de secuencias apabullantes, diálogos con gracia y alguna que otra filigrana poética –como la pelea con dragones de Komodo y la neonizada intervención con el francotirador en una planta acristalada de rascacielos–, los últimos minutos de Skyfall recuperan los códigos del mejor western y desempolvan esa vieja idea de que protagonista y antagonista son dos caras de una misma moneda que se compenetran para mostrarnos, finalmente, a un Bond y a un Silva que hasta comparten sufrimiento ante una misma madre-maestra.

Desde Bond hasta Moneypenny, pasando por su eterna jefa –la genial “M” de Judi Dench–, todo se antoja renovado y más humano en Skyfall. Por eso es tan buena. Dios se apiade del encargado de hacer la próxima. ¿Qué me dicen de Christopher Nolan?

Lo imposible

5. ¡Qué bello es reencontrarse!

Harto de escuchar la canción de siempre por parte de algunos críticos de cine –o redactores que se empeñan en serlo– que atacan el mainstream por el simple hecho de que no es original y de que cuenta algo mil veces visto, harto también de ver cómo se piden peras al olmo, de ese tópico comentario sobre lo parcial, individualista y patriótica que es la visión de la desgracia en el cine estadounidense; harto de todo esto, la multi-nominada Lo imposible desembarcó en el festival de Sitges y mis prejuicios contra ese sector de la crítica se corroboraron. Pero lo que parecía imposible se hizo realidad.

Sin previo aviso, el segundo largometraje de Juan Antonio Bayona no ha recaudado las cifras esperadas… Se ha convertido en la película española más taquillera de la historia. No se ha realizado con ayudas externas… Es íntegramente española. Y lo mejor de todo, aunque su reparto sea estadounidense, no lo parece. La calidad de sus efectos especiales –no dependiente en exclusiva de los efectos digitales, sino de toda una aventura hustoniana durante el rodaje de la secuencia del tsunami– está mucho más cerca de cualquier superproducción nacida en Hollywood que del mejor cine español subvencionado por el ICAA.

Hasta el guión, obra del aclamado Sergio G. Sánchez, y la calidez de muchas secuencias filmadas por Bayona, son inherentes al tono sentimental, casi empalagoso, de los dramas familiares que llegan del otro lado del Atlántico. Nada raro. Con el cortometraje El hombre esponja (2002), Bayona nos demostró que se puede hacer algo bueno y local, sirviéndose del cine juvenil marca Rob Reiner. Ahora, lo ha corroborado con un optimista relato de catástrofes, basado en hechos reales, que narra el via crucis de una familia numerosa, azotada en Tailandia por el Tsunami de 2004. Tensión y lágrimas, muchas lágrimas, para un melodrama a reivindicar, mientras España todavía tose, enferma de crisis.

Cuesta creer que una lista cinéfila como ésta no contenga, entre muchos otros títulos, la prodigiosa Looper (Rian Johnson, 2012), otra obra maestra, también pre-estrenada en Sitges, sobre un futuro no muy lejano y viajes en el tiempo, que está más pendiente del drama de sus personajes, de un humor bien ubicado, de una secuencia de violencia ralentizada con probable influencia del anime, y de un auto-paródico Bruce Willis, que de ofrecer el mismo pan y circo de siempre a la platea. Juguetes espaciales incluidos. Pero señores… Esto es lo que hay. Cinco son pocas. Y Lo imposible, pese a lo lacrimógena que es, pese a lo discutible de su contenido, ha sido el acontecimiento cinematográfico de un año donde acudir a las multisalas para sentir comicidad con el cálido reencuentro de una familia separada por la naturaleza te emociona como si estuvieras viendo una de Frank Capra.

C. M. A.

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Acerca de Carles M. Agenjo

"Un día sin reír es un día perdido" (Chaplin)

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