Te quiero, papá. Os amo, enfermedades

Sarah Michelle Gellar, protagonista de Buffy Cazavampiros (Joss Whedon, 1997), anunciaba en una entrevista en el programa televisivo de Jimmy Kimmel, que podía contagiar al público si estornudaba. Éste respondió aplaudiendo y vociferando, algo que, por lo visto, encendió la bombilla neuronal de Brandon Cronenberg, hijo de uno de los maestros del terror ochentero de las tres “C” (John Carpenter, Wes Craven y David Cronenberg).

Fue así. A partir de esta idea de procedencia televisiva, Brandon Croneberg ha edificado Antiviral (2012), una película interesante sobre la mitomanía extrema, pero nada original, construida a imagen y semejanza del cine de su padre.

Brandon Cronenberg –en adelante, Cronenberg Jr.– ya no es un crío que balbucea y gatea, pero todavía es un espejo de su papá, un cuerpo que emula sus gestos y acciones, que se sirve de la temática que abarcó en grandes títulos como Videodrome (1983) y Scanners (1981). Y también en Crash (1996), ese espléndido film que prestaba atención a un autodestructivo grupo de obsesos sexuales que se excitaban imitando la dolorosa forma en que murieron estrellas del asfalto como James Dean.

Antiviral (2012) parece recoger esta visión exagerada, incómoda (y crítica) de la realidad, pero, en vez de limitarse a retratar lo concreto, derriba paredes y nos habla a escala social. Producida en Canadá, como la mayoría de películas de su padre, Cronenberg Jr. propone un futuro distópico donde las enfermedades de los famosos han devenido otro producto comercial que los ciudadanos pueden adquirir pagando un dineral. Ante semejante panorama, Syd March (histriónico Caleb Landry Jones), un huraño empleado de la empresa que vende dichas enfermedades, que está enganchado y trafica con ellas, nos servirá de guía para recorrer los recovecos de este dantesco y agobiante mundo que, en el fondo, no deja de ser la hipérbole de nuestra realidad, la de los espectadores, la que se puede palpar y oler al salir del cine. Una realidad que, como la del filme, está gobernada por el corporativismo masivo y el bombardeo publicitario. Una realidad donde el star system es un imán de obsesiones y fanatismos ciudadanos cada vez más perversos.

Brandon Cronenberg en el Festival de Sitges (10/10/2012)

Crash y Antiviral parecen empeñadas en denunciar las preocupaciones y caprichos que imperan en las sociedades de consumo, a través de personajes que se auto-lesionan en su búsqueda trastornada del placer para adquirir notoriedad y estar más cerca de sus (pseudo)dioses: toda esta argamasa sobre-dimensionada de estrellas apolíneas, mitificadas por los medios de comunicación. Cronenberg Jr. subraya esta idea –a veces en exceso– mediante un thriller conspiranoico de los de toda la vida, en el cuál, paradójicamente, la asepsia y la blancura de espacios clínicos dan cabida a algo tan oscuro como una serie de individuos cegados por el deseo de tener experiencias infecciosas y cercanas a la muerte.

El ya manido discurso cronenbergiano sobre la “nueva carne”, entendido como liberación sexual del cuerpo, reaparece en Antiviral. No desde lo que para Oscar Wilde significó salir del armario, sino desde el concepto de pulsión tecno-erótica desarrollado por David Cronenberg en los años 80. Poderosas son, además, las imágenes que acompañan este subtexto. Cronenberg Jr. sabe articular una atmósfera malsana, rica en detalles, que intencionadamente nos recuerda a la estética publicitaria. Sin embargo, no consigue dominar el tono de su primera película. Especialmente, en la única secuencia onírica: esos planos estridentes que se adivinan en el tráiler, donde el cuerpo de Landry Jones, drogado a más no poder, se deforma y se fusiona con material mecánico; algo que, al modo de ver de este crítico, es un paréntesis repentino de connotaciones “cyberpunk” que no viene al caso.

Aunque el muy insolente lo haya negado en ruedas de prensa, Cronenberg Jr. ha hecho una película muy ligada al cine de su padre. Explota las posibilidades teóricas y visuales de su universo. Se complementa con el mismo en una época donde –qué curioso– el propio David Cronenberg ha dejado de filmar este tipo de películas viscerales y paranoicas, para dedicarse al cine de género –en las brillantes Una historia de violencia (2005) y Promesas del este (2007)– y a complicarse la vida con discursos intelectualizados sobre el fin del capitalismo en su nueva y densa película-tesis que ha confeccionado por encargo, Cosmopolis (2012), también pre-estrenada en el Sitges Film Festival de este año.

Algo ocurre en el jardín

¡Qué bello es el plano inicial de esta película! Y qué fácil de activar su mecanismo para provocarte escalofríos dorsales… Y qué manía, la de este crítico, a la hora de hablar de sentimientos que le han poseído mientras contemplaba una secuencia que –tranquilos– no va a “spoilear”.

Vista Sinister (2012), uno puede hacer el ejercicio de eliminar connotaciones fantásticas y leer esta película como un drama psicológico de familias inestables, en el que una hija sufre las consecuencias de la discusión matrimonial constante y el descuido de un padre escritor que, para inspirarse, investiga con fotografías y cintas espeluznantes, no aptas para niños. Pero no. La dirige Scott Derrickson, un hombre amarrado a lo sobrenatural. El responsable de la pésima Ultimátum a la tierra (2008), pero también de El exorcismo de Emily Rose (2005), ese thriller judicial con secuencias bellamente terroríficas que ofrece una visión adulta y dramática de un tema tan trillado e ingenuo como las posesiones infernales.

Como era de esperar, en lo nuevo de Derrickson hay momentos de cine rutinario: esos sustos de fantasma, tópicos y previsibles, y un final que –como el de El último exorcismo (Daniel Stamm, 2010)– acaba entregándose de pleno al terror sobrenatural más evidente, en vez de conservar la ambigüedad del relato. Pero Derrickson apuesta por algunos momentos de humor -esos “montajes extendidos”- que oxigenan su relato y también por su pincelada simbólica y artística. Dentro de las limitaciones que envuelven toda producción comercial, este director estadounidense se ha atrevido con secuencias en las que el leitmotiv del film –una vieja cámara de Super 8 y un puñado de misteriosas cintas– se convierte en el talismán de una serie de rituales fantasmagóricos que se erigen en canto al magnetismo del cine, entendido como ejercicio de entrega absoluta a lo que uno contempla y disfruta encerrado en una sala de tinieblas.

Por su parte, Ethan Hawke, protagonista del film, derrocha genio en la subtrama que establece con Juliet Rylance -sin duda lo más logrado de la película- interpretando a un escritor en plena crisis matrimonial, que está obsesionado en terminar su última novela criminal y saciar su hambre de éxitos.

Sinister podría haber sido mejor. No deja de ser otro relato trágico de círculos infernales que se cierran, descubrimientos prohibidos y destinos inevitables. Pero cuenta con un reparto más que solvente y contiene alicientes suficientes para ser recordada con agrado. Como esos destellos de humor. O ese prólogo inicial: estático, poético, estimulante. Desde ya, un fragmento compositivo a reivindicar en esta época plagada de found footages y culto excesivo a la tecnología audiovisual de los 70 y 80.

Parábola de mercadillo

Ya sabemos que la crisis golpea con fuerza. Hasta el cine hollywoodiense se ha revestido de actualidad económica en los últimos años para remarcárnoslo a través de películas convencionales e insustanciales como The company men (John Wells, 2010) y Margin Call (C. Chandor, 2011).

En “Sitges 2012” también aterrizaron películas de este tipo. Esta vez, sin embargo, no se trata de otra película de despachos, corbatas y reuniones, sino de un thriller de secuestros. El hombre de las sombras (2012) es la primera producción hollywoodiense de Pascal Laugier, autor de la muy impactante Martyrs (2008), que ahora opta por hacer cine tramposo, simbólico y estúpido.

Atengámonos al guión. Nos situamos en un pueblecito de la América profunda, azotado por la falta de presupuesto para financiar escuelas y aterrorizado por la presencia de un hombre del saco que secuestra a los niños. Julia (Jessica Biel) también se ha quedado sin nene y hará todo lo posible para recuperarlo y destapar la verdad que se esconde bajo el enigmático encapuchado.

Lo más curioso de esta película es que todo empieza como si estuviera acabando. La típica persecución final de terror adolescente, entre protagonista y antagonista, aparece aquí al inicio, para luego seguir un camino en el que Laugier se disfraza de Guy Ritchie e inserta un golpazo de efecto en la trama, lo que da un interesante vuelco al desarrollo de una historia que, sin embargo, toca a demasiados personajes y profundiza poco en ellos. Finalmente, Laugier nos dirige hacia un desenlace francamente horrendo, por moralista, que viene a ser un refrito mal hecho del dilema que Ben Affleck planteó años atrás en la estupenda Adiós, pequeña, adiós (2007): ¿es lícito privar al lobo de su cachorro para que éste crezca en un entorno menos agresivo? ¿Es correcto actuar así, pensando en su futuro, aunque se infrinja la ley? Por supuesto que no. Pero Affleck sabía cómo plantear algo tan delicado como esto, arriesgándose lo justo, respetando los puntos suspensivos de un relato desesperanzador, radiográfico, actual. Laugier, en cambio, sustituye la loable ambigüedad moral de los personajes de Affleck y su sugerente desenlace, por una historia irregular de final ingenuo que nada tiene que aportar como parábola de la precaria situación actual.

Qué bien estaba Laugier sin salir de Francia, filmando gore de culto… Y qué desperdiciados están Jessica Biel y el resto del reparto en su nueva película… El hombre de las sombras, más que un intento de acercamiento a las teorías shyamalanianas sobre la etimología del miedo, que también, es una jugada en falso con pretensiones políticas.

C. M. A.

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Acerca de Carles M. Agenjo

"Un día sin reír es un día perdido" (Chaplin)

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  1. Lila dice:

    Que ganas tengo de ver la de Antiviral, cuando la estrenan?

  2. carlesmartinez88 dice:

    Pues está dudosilla la cosa…
    La de Sinister se deja ver por cartelera sí o sí.
    Antiviral habrá que esperar un tiempo.
    Y si no, por Internet segurísimo que está
    😉

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