En la mente de un turista confundido. Percibimos una tez pálida. Cabellos de azabache. Sólo el maquillaje de labios y ojos permite distinguir el relajado rostro de una chica que reposa tranquilamente sobre una mesa. Recuerda a Theda Bara, famosa actriz de comienzos del siglo XX reconocida posteriormente como claro precedente del arquetipo de la “femme fatale” en Hollywood y también como paradigma del régimen nocturno de lo femenino que tan bien catalogó Gilbert Durand en su estudio Las estructuras antropológicas de lo imaginario (2005).

En la mente de un turista confundido, que no sabe exactamente en qué museo se encuentra, bien podría ser Bara, con su rostro munchiano, vampírico, expuesto sobre fondo vacío e iluminado de un modo tan sobre-expuesto como el cine minimalista de Carl Theodor Dreyer. Pero no. No es Theda Bara. Ni de lejos. Justo al lado de ese rostro, hay una oscura máscara africana que mantiene erguida sutilmente con su mano izquierda. La propietaria de dicha mano es Alice Prin, más conocida como Kiki de Montparnasse. La musa del surrealismo por antonomasia. Con permiso de Gala Dalí…

Por muchas similitudes que encontremos, Dreyer y su cine trascendental no tienen, pues, relación directa con esta fotografía tomada por el artista dadá Man Ray, que lleva por nombre Negro y blanco (1926) y que se subastará el próximo 30 de octubre a precio desorbitado en la casa Soler y Llach de Barcelona, junto a decenas de fotos de Ray, entre las cuáles también resalta la simbólica A l’heure (1936), un híbrido entre imagen real y pintura donde el universo mediterráneo de Salvador Dalí parece conjugarse con la imagen de esa antológica partida de ajedrez de El séptimo sello (Ingmar Bergman, 1957) disputada a orillas del mar entre Antonius Blovk y la muerte. La colección de fotos, por cierto, perteneció a Camillo d’Affito y a ellas se ha referido la historiadora Pilar Parcerisas señalando que “aportaron un gusto vanguardista del siglo XX a las artes tribales y contribuyeron al proceso a partir del cuál los objetos de arte africano o de otras culturas primitivas, consideradas hasta entonces únicamente objetos etnográficos primitivos, entraron en el canon del arte moderno”.

Creo pertinente, para ensanchar el abanico cultural que hemos abierto, destacar a una artista del mismo siglo, que también incluyó motivos africanos en su obra. Concretamente, en sus instantáneas más tardías. Hablamos de la cámara del régimen nazi. La gema favorita de Hitler. La cineasta más polémica de la historia. Leni Riefenstahl. Autora de El triunfo de la voluntad (1935) y Olimpiada (1938), dos documentales tan magníficos en su atrevido montaje y composición de planos, como aterradores en su exaltación de lo postulado en Mein Kampf (1925).

Dos trabajos, dicho sea de paso, que nada tienen que envidiar a los tremendos hallazgos de Welles y Hitchcock. La maestría formal de Riefenstahl –de sus amorales contenidos mejor no hablamos hoy– abraza toda su obra desde una óptica marcadamente geométrica en la que rinde culto al cuerpo como nunca antes se ha visto. Inclusive sus últimas fotografías, las que más nos interesan por tener el arte africano como eje central: The last of the Nuba (1973) y The people of Kau (1976). En estos álbumes, la cineasta, ya mayor, se acerca a una serie de etnias determinadas que residen en Sudán y nos demuestra que su estilo ha permanecido impertérrito al paso del tiempo. Ni la llegada de la modernidad, ni de la posmodernidad, ni las ideas surgidas sobre el “yo dividido” en psicología, no afectaron al estilo de la artista. En plena década de los 70 y con la Guerra de Vietnam todavía sin apagarse, Riefenstahl aterrizó en África dispuesta a retratar a sus famélicas gentes, no para captar la cruda realidad del lugar, sino lo mismo que Policleto tanto persiguió con sus esculturas de mármol en tiempos de la Grecia clásica: el canon de belleza antropomórfica.

El contraste entre las imágenes de Man Ray y Leni Riefenstahl no puede ser más evidente. Hasta para la mente de un turista en Barcelona, todavía confundido por la resaca post-Raval. A continuación se expone no una, sino dos muestras de arte intercultural tan portentosas como antagónicas. La primera, de Ray, es onírica, enigmática, sensual e intercultural en sí misma. La segunda, de Riefenstahl, apolínea, enfática, casi renacentista e únicamente intercultural si atendemos al diálogo que se establece entre esta imagen y el pasado de su autora. Dos fotografías grabadas en la mente de un turista, ahora entusiasmado, que se acercan a un mismo tema y no pueden estar más distanciadas.

“Negro y blanco” (Man Ray, 1926)

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Fotografía del álbum “The last of the Nuba” (1973)

C. M. A.

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Acerca de Carles M. Agenjo

"Un día sin reír es un día perdido" (Chaplin)

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