El de Hayao Miyazaki es un universo que ha quedado impreso en la historia del cine como tatuajes en la espalda de un “yakuza” y que ha servido de inspiración a otros directores del panorama reciente. Dentro y fuera del campo de la animación. Hablábamos, antes del verano, de lo igualito que era el diseño de los ciervos arbóreos de la apabullante Blancanieves y la leyenda del cazador (Rupert Sanders, 2012) y la obra maestra La princesa Mononoke (Miyazaki, 1997). Volvemos ahora –por enésima vez– al mismo tema con la nueva película de la exigente marca Pixar: Brave.

Los de Mark Andrews, Brenda Chapman y Steve Purcell, directores y guionistas de la película, no son universos tan brillantes como el de Miyazaki. No por falta de talento, sino porque su carrera como directores todavía está muy verde y porque su nueva película contiene no pocas reminiscencias a los diseños del cineasta nipón. Andrews, por cierto, debutó en su día con el corto El hombre orquesta (2005), telonero en el estreno de la película Cars (John Lasseter, 2006); Chapman es responsable de El príncipe de Egito (1998), uno de los pocos logros de Disney durante su oscura transición al cine digital; y Purcell, un reputado diseñador de videojuegos y cómics.

Hay que reconocer que la primera película conjunta de estos tres fichajes de Pixar es otra proeza formal, pero sus diseños no escapan del espectador más atento, capaz de reconocer en ellos la irreemplazable autenticidad del gran Miyazaki. El imaginario de este japonés flota en algunas secuencias de Brave, como esos azulados fuegos fatuos que aparecen en medio del bosque o el aspecto de la bruja, aquí más hippiesca y menos temible que la Yubaba de El viaje de Chihiro (2001). Incluso el espíritu feminista del que tanto presume el film tiene como predecesor el que encarnó la icónica Mononoke, una guerrera asilvestrada, sedienta de aventuras y retos. Sin embargo, lo nuevo de Pixar no pierde frescura ni calidad por estas comparaciones. Sería estúpido afirmar tal cosa. Aunque atada a sus referentes, brilla por su alto grado de precisión en cuanto a:

a) Detalles (esa secuencia del torneo de tiro con arco, soberbiamente montada, que da una última vuelta de tuerca a las ya trilladas dotes épicas de Robin Hood).

b) La extraordinaria capacidad de mímesis de sus personajes (especialmente, el personaje de la madre, por razones que no mencionaré para no cargarme la magia del relato).

Como si de la versión escocesa y tierna de Mononoke se tratara, Mérida, la pelirroja protagonista, encara aquí al héroe arquetípico, al personaje que alcanza noblemente sus objetivos. No hay, sin embargo, verdaderos villanos en este relato de aventuras para todas las edades. Tampoco un príncipe azul que le reste protagonismo a la chica. Los directores ironizan sabiamente sobre el género masculino –siempre atolondrado y bravucón– y rehúyen el marcado antagonismo entre buenos y malos para confeccionar una historia cuyos conflictos argumentales giran en torno al error, a la decisión equivocada, al paso en falso de una joven que quiere cambiar el pensamiento de su madre y acaba desencadenando un caos que se me antoja –en la segunda parte del metraje– como una divertida, rítmica y finalmente catártica carrera a contrarreloj en la que Mérida se las deberá ingeniar para deshechizar a su familia, protegerla de una leyenda abominable que dormita en el bosque y re-instaurar la armonía. Todo ello, muy en la línea del periplo narrativo que debían recorrer los protagonistas de Shrek 2 (Andrew Adamson, 2004) para revocar un hechizo antes de que fuera demasiado tarde.

Aún así, no cabe duda de que ésta es una obra menor de la casa. No tan inspirada como Up (Pete Docter, 2009), no tan arriesgada como Wall·e (Andrew Stanton, 2008) ni tan emotiva como Toy Story 3 (Lee Unkrich, 2010), pero sí la primera fábula de Pixar encabezada por un personaje femenino que subvierte el rol anticuado que se le ha otorgado siempre a princesitas como Jasmine, Cenicienta y Ariel, y que va un paso por delante de Mulan, otra icónica fémina –no princesa, pero sí guerrera– que, pese a emprender un camino épico para defender a su patria y a su padre, rechazaba finalmente la posibilidad de seguir este camino y regresaba a la acomodaticia vida doméstica. A diferencia de esta heroína a corto plazo y las otras pánfilas, Mérida es guerrera las 24 horas. No necesita conflictos para ser así. Ha crecido en un mundo medieval impregnado de heroicidades y salvajadas. Así nos lo describen los primeros minutos de metraje, idóneos para forjar el carácter de una adolescente que no soporta vestidos ceñidos, ignora lo que significa suspirar por amor y odia la tradición matrimonial que su madre quiere imponerle.

Mérida es la clásica púber. Una chica rebelde que no para quieta. La enfant terrible de las doncellas literarias. La perfecta anti-princesa Disney. Con su indomable melena, su espíritu aventurero y sus inigualables aptitudes marciales. Mérida es, con todo, el elemento clave de un cuento de hadas feminista -y nada panfletario- que, aunque sea una pieza menor, lleva el inconfundible pedigrí de Pixar y va destinado a espectadores con ganas de reír y emocionarse viendo un relato divertido, sencillo y un pelín azucarado sobre la necesidad de diálogo entre padres e hijos.

C. M. A.

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Acerca de Carles M. Agenjo

"Un día sin reír es un día perdido" (Chaplin)

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  1. plared dice:

    Hacia tiempo que no venia por aqui, veo cambiado el sitio…Me gusta. en cuanto a la película, es curioso pero últimamente las películas de animación, me suele gustar mas que las que veo de otros géneros.

    Si alguno ha evolucionado y esta ganado muchos enteros es este. La veré sin duda y llevare a la peque……

  2. carlesmartinez88 dice:

    Haces muy bien.
    Brave es cine para todas las edades. Disfrutable y emotivo para adultos. Didáctico para los más jóvenes.

    Lo de Pixar es digno de homenaje…
    Miyazaki y Dreamworks no se quedan cortos tampoco.

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