Desde el momento en que una película sale al mercado, la tinta empieza a fluir caudalosa por los innumerables espacios de la red. Críticas, crónicas, resúmenes de conferencias, seminarios… Artículos de diversa índole, entrevistas, foros… El cine da para mucho. A veces, incluso, para verdaderas “idas de olla”. Como la que sigue.

¿Qué relación hay entre el espectro de Obi-Wan Kenobi y el cadáver parlante que interpreta Benicio del Toro en Sin City (Miller, 2005)? ¿Qué extravagante vínculo puede haber entre personajes tan dispares? A simple vista, ninguno. O uno muy retorcido, pensado bajo los influjos del peyote. O uno muy pop y freak. Tanto o más que la explosión de ideas que debió atravesar la mente de George Lucas cuando formuló Star Wars. Una nueva esperanza (1977), esa aventura galáctica con héroe clásico y princesa secuestrada –libre versión de La fortaleza escondida (Kurosawa, 1958)– que derrocha imaginación en su rebuscada mezcla de ciencia ficción, estética setentera e iconografía y espiritualidad niponas.

El cine está rebosante de collages y de conexiones rebuscadas como ésta o la que he propuesto: la relación que existe entre el anciano jedi que encarnó Alec Guiness y el Jackie Boy de Benicio del Toro. Pero el atractivo de esta comparación no es evidente a simple vista. Sólo puede contemplarse en su disección. Como un bombón que sólo queremos por el relleno.

Si nos fijamos, a ambos personajes sólo puede verlos el protagonista del film. Dígase Luke Skywalker (Mark Hamill) o Dwight (Clive Owen). Las reacciones de estos protagonistas ante lo irreal, sin embargo, no obedecen a la lógica, pues no hay respuesta emocional por su parte. No sienten pánico ni esos típicos sobresaltos que provoca el cine convencional de terror. Ése donde los espíritus errantes suelen manifestarse para expresar del peor modo posible su trágico pasado. Ya sea a través de la violencia, como la niña maldita de The ring (Verbinski, 2002), o simplemente llamando la atención, como el espectro de la joven violada de El último escalón (Koepp, 1999). Los post-difuntos Obi-Wan y Jackie Boy funcionan de otro modo. Provocan reacciones distintas.

“Que la fuerza te acompañe” –le decía repetidas veces un traslúcido Alec Guiness al joven Mark Hamill. “Fumar, mata” –le recuerda décadas más tarde un fulminado Benicio del Toro a Clive Owen, mientras éste conduce en mitad de una noche lluviosa para deshacerse de él. Son dos figuras de contraste. Dos respuestas distintas a la siguiente premisa: ¿cómo podemos mantener un personaje muerto en la trama sin necesidad de que espante?

Por un lado, Guiness encarna la dimensión espiritual y trascendente de una trilogía cinematográfica que –valga la redundancia– no abandona “ni muerto” y en la que sigue aconsejando a Luke desde la distancia, pese a que Darth Vader le arrebatase su vida física en la primera entrega (el Episodio IV). Función parecida ejercía, ahora que lo pienso, la novia asesinada del protagonista de Shocker, 100.000 voltios de terror (Craven, 1989), cuando le daba consejos sobre cómo acabar con el asesino eléctrico que da título a este film de terror fantástico francamente malo.

Por otro lado, la secuencia del coche de Sin City, con Del Toro muerto y hablando con Owen, es un efímero destello de humor negro que lleva la inconfundible marca de Quentin Tarantino y nos recuerda el idéntico uso que hacía Álex de la Iglesia de este personaje en Crimen Ferpecto (2004), cuando Guillermo Toledo, dependiente de la sección de moda de El Corte Inglés, mata accidentalmente a un jefe de planta y éste no deja de importunarle graciosamente durante toda la trama.

No obstante, el caso más curioso de todos es una involuntaria figura ecléctica entre la trascendencia de Obi-Wan y el sarcasmo de Del Toro. Lo encontramos en Un profeta (Audiard, 2009), obra maestra del cine de mafias en la que un joven inmigrante, Malik El Djebena, es encarcelado y obligado por el hampa a matar a sangre fría a Reyeb, otro preso. Lo consigue, pero el suceso es tan traumático que la víctima se le aparece de vez en cuando en su celda. Lo más interesante es que este extraño personaje es tan capaz de ofrecer momentos de risa como de insuflar misticismo a Malik (cuando están mirando por la ventana de su celda y pueden predecir todo lo que está a punto de suceder en el patio de la cárcel).

Como veis, hablamos todo el rato de lo mismo. No de espectros malvados, sino de proyecciones mentales. Obi-Wan, Benicio del Toro, novias muertas y víctimas accidentales… Todos podrían leerse como pseudo-fantasmas, engendros creados únicamente por nuestra psique, como un Pepito grillo (en clave cómica o mística) que se revela ante el protagonista, no para asustarle, sino para dialogar con él, discutir sobre el grave problema en el que se halla inmerso y, finalmente, recordarnos (a los espectadores) que todo lo que ve y escucha es consecuencia del delirio, de su cerebro, que le está jugando malas pasadas, de una “ida de olla” como la que carcomía inconscientemente a Tyler Durden en El club de la lucha (Fincher, 1999) o la que parece haber sufrido un servidor mientras escribía esta reflexión.

C. M. A.

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Acerca de Carles M. Agenjo

"Un día sin reír es un día perdido" (Chaplin)

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