Sobre muro, pared, persiana o metro. Suena la apacible Tonight the streets are ours de Richard Hawley y el graffiti se erige rey de la noche en una sucesión de garabatos, vandalismo y persecuciones. Así empieza el documental nominado al Óscar Exit through the gift shop (2010), como un sentido homenaje al último heredero del espíritu romántico: el chaval que decora la urbe con aerosol y con miedo a ser descubierto por la ley. Este documental, sin embargo, no trata de eso. Más bien es un dardo crítico, mezcla entre arte, capitalismo y obsesiones, que hace malabarismos sobre la delgada línea divisoria que existe entre la verdad y el engaño.

“Es la película de un tipo que intentó hacer un documental sobre mí y resultó que el film era más interesante que yo” –resume nada más empezar un joven encapuchado en la sombra, que habla con voz distorsionada y ademanes de rapero. Es el director del proyecto, un graffitero de Bristol llamado “Banksy” que se hizo famoso por convertir el escenario urbano en lienzo idóneo para imprimir arte crítico de primer orden. Lo demuestran sus serigrafías (una madre acicalando a un punk anarquista, agentes orinando sobre la pared, niñas cacheando a soldados e hinchas lanzando ramos de flores a modo de piedra) y también la sobrecogedora introducción que diseñó para un capítulo de los Simpson, donde la imagen de Fox queda tan tiroteada como la de Paramount al inicio de este film. Una imagen, sin embargo, que nos demuestra la capacidad de la major para reírse de sí misma.

El de Banksy es un imaginario de auténtica sátira y transgresión, que ha llevado desde su ciudad natal hasta el muro de Cisjordania. Y eso que todavía no le hemos visto la cara. Sólo una firma de significado cabalístico debajo de lo que bien podría ser la obra de un personaje inventado.

Enigmático, ¿eh?

Con semejante incógnita pululando por el aire se despliega un ¿falso? documental sobre artistas contemporáneos donde nada es lo que parece y no sabes hasta qué punto te toman el pelo. Exit through the gift shop es la historia de Banksy y otros artistas de la calle (como Space Invader, Zeus o Shepard Fairey). Es decir, un ejercicio de auto-promoción, de piropeo mutuo. Sin embargo, no es el director quien nos lo cuenta, sino otra persona…

El encargado de guiarnos por ese mundo de pintadas y pósters es Thierry Guetta, un joven extravagante y algo sonado, que habla con acento afrancesado, lleva patillas extra-gruesas y tiene una única obsesión en la vida: grabarlo todo con su videocámara. Un buen día, Thierry se adentra en el mundo del arte callejero y da con el gran Banksy, su ídolo absoluto. Se convierte entonces en su compinche de trabajo. Lo sigue y filma en cada una de sus hazañas nocturnas, hasta que surge la idea de hacer un documental. Pero no será Thierry quien lo haga. Éste, ineficaz para realizarlo e impulsado por las recomendaciones de Banksy, intenta ser artista. No lo consigue, pero inaugura una macro-exposición, gana un montón de pasta y su ambición lo lleva a convertirse en otra suertuda y exhibicionista estrella de alfombra roja: Mr. Brainwash, el diseñador de la portada de Celebration (Madonna, 2008). Ni más ni menos.

¿Pero existe realmente ese tal Guetta? ¿Y Banksy? Bien podrían ser la misma persona… Sea quien sea el autor de este documental, ha optado por el interesante camino de la duda, el desconcierto y la ambigüedad narrativa, muy en la línea del mockumentary La leyenda del DJ Frankie Wilde (Dowse, 2004), de la falsa historia de aquel hombre camaleón y sin criterio llamada Zelig (Allen, 1983), e incluso de Fraude (Welles, 1973), una obra maestra sobre la falsificación. Pero al igual que estos genios del cine, el encapuchado director no sólo se dedica a confundirnos. Cuando de realidades se trata, enfoca su cámara y nos habla con nitidez.

Sólo es aparente la rebeldía y la indomabilidad del arte callejero –parece decirnos al final. Cuando atrae interés humano y billetes verdes, el artista acaba engullido por el sistema capitalista al que tanto critica. Éste lo domestica, lo hace más digerible. El documental versa de paradojas como ésta, del hecho que el Estado, de repente, deje de ser aquel agente de seguridad persiguiendo a un vándalo con los dedos manchados de tinta, para convertirse en diablo tentador, en Mefistófanes faustiano que le ofrece la posibilidad de mercantilizarse, de hacer expansivo su arte y que éste acabe en manos de pijos caprichosos y narcisistas que quieren rediseñar su hogar; mientras el resto de graffiteros, a los todavía no les ha llegado el chollo del éxito, tacharán de traidores a los que sí.

Ecléctica es la solución ante tamaño panorama, pues siempre acabamos cediendo por beneficio propio. Hasta el más rebelde de los artistas puede acabar integrado al sistema, transmutado en marca, en producto de subasta, en logotipo de fábrica. Sirva de ejemplo el caso de la estampa de OBEY, ese rostro enfadado que Shepard Fairey creó como denuncia a la hegemonía publicitaria y que ahora aparece en camisetas de tiendas como Tactic Surf y Free Barcelona al nada módico precio de 50 €. Lo dicho, de paradojas va la cosa.

Ahora bien, Banksy no parece haber hecho este film para auto-justificar su salto a la fama. Si puede anotarse varios logros en su agenda es gracias a la función que ejerce Mr. Brainwash, su particular criatura de Frankeinstein, un monstruo que ha creado involuntariamente para hablar del arte como broma, como impostura erigida a la sombra del vanguardismo casa Young British Artists, y también como elemento que le sirve para hablar de la amarga realidad actual, ésta en la que el gigante del capitalismo puede con todo y transforma las expresiones artísticas en mera moneda de cambio, en souvenir de museo, en producto que no se juzga por su calidad intrínseca, sino por la estética vacía y el afán materialista que nos caracteriza como occidentales.

Así las cosas, Banksy hace varias dianas. Con una textura que recuerda al programa Jackass, documenta a la perfección el arte marginalizado y cómo éste acaba prostituyéndose. Se ríe del artista con ganas de ser Dios, de sus clientes, felices víctimas de un timo que parece trazado por los hermanos Marx, y de la falsa autenticidad que otorgamos a las cosas hoy en día. Resume nuestra cultura, la del yo, la del más puro subjetivismo nietzschiano, a través de ese loco obsesionado que es Thierry Guetta. Y como colofón, nos recuerda que, en el fondo, Banksy es algo más que un nombre enigmático sobre la pared: es la mirada escéptica de todo ciudadano ante su entorno.

Todo esto gracias a su obra. Arte crítico de una fuerza conceptual insultante. Bien sea sobre muro, pared, persiana o pantalla grande.

Carles M. Agenjo

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Acerca de Carles M. Agenjo

"Un día sin reír es un día perdido" (Chaplin)

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  1. No había escuchado acerca de este documental, supe de Bansky hace algunos años porque suelo usar sus graffitis como fondo de escritorio en mi laptop… sin embargo más allá de eso no tengo idea de este personaje, así que por qué no? me lo veré tan pronto tenga una oportunidad!!

    Saludos

  2. carlesmartinez88 dice:

    Me gustaría conocer tu impresión, después de ver este documental. A mí me pareció una proeza (por cómo juega con la ambiguedad narrativa y por lo hilarante y crítica que es). Una de las mejores cosas que le ha sucedido al sector en mucho tiempo.

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