“Me guío por una sola norma: si me gusta, lo pongo” –afirma esa videoteca convertida en cineasta llamada Quentin Tarantino en una entrevista para Canal +. En sus películas, todo es apropiación descarada de cine añejo, pasión cinéfila, conocimiento de causa y –para investigadores como Fran Benavente– posmodernismo. Tarantino, empapado de celuloide, embelesado ante las obras de Ford, Leone, Scorsese, De Palma y Argento, bien podría ser el paradigma de esa corriente donde pesa más el estilo y el pastiche cool de referentes múltiples, que la profundidad de contenidos y personajes. Nada que objetar. Hay cine para todos los gustos. Kill Bill: Volumen 1 (2003), por ejemplo, responde a las nuevas tendencias. Sin embargo, hay algo en ella, más allá de su barroquismo visual, que la hace superior: sus (posibles) discursos. Entre otras cosas, nos habla de cinética, del cine como arte de movimientos combinados.

“Si te paras, te mueres” –le advertían a Jason Statham en Crank (Neveldine, 2006), mientras subía en coche por las escaleras de un centro comercial, drogado con una sustancia que lo mataba si se relajaba. El film poco tiene que ver con Kill Bill. La cita, sí. Y mucho. La de Neveldine es una píldora de adrenalina, grosería y acción sin frenos, mientras que la de Tarantino, más que una historia de venganza, es un discurso sobre: el movimiento como necesidad de que el cine de antes no muera, no se olvide… no se detenga.

Vayamos por partes: la Mamba Negra, protagonista del film, recibe un tiro el día de su boda. Cuatro años más tarde, despierta bruscamente del coma cuando un mosquito empieza a succionarle sangre. Recuerda su intento de asesinato. Se toca la sien y nota que lleva una prótesis de metal incrustada. Ha pasado mucho tiempo y le han quitado un bebé. La Mamba debe vengarse, pero antes debe reactivar su movimiento.

 

De metáforas va la cosa

Es realmente curioso ver cómo la cámara presta generosa atención a elementos tan banales como los que se muestran. Pero es en estas imágenes donde Tarantino reafirma convencido su propuesta y refuerza el tejido de su discurso. Es en ese mosquito reanimador y en esa placa craneal de la Mamba donde el cineasta se declara, por un lado, vampiro que succiona personajes y retales de cine añejo para mezclarlos concentrados en esta película y, por otro, nos anticipa -¿metafórica o ridículamente?- lo que vamos a ver a lo largo del film: cine hecho a pedazos, una aglomeración de fragmentos referenciales, protagonizada por una action hero masacra-mafiosos, donde se entremezclan cosas tan dispares como los “hombres sin nombre” que encarnaba Eastwood en el western, las proezas acrobáticas de Bruce Lee vestido con mono amarillo, la poesía sangrienta de Lady Snowblood (Toshiya Fujita, 1973), las peleas a katana limpia que se libraban en La espada del mal (Kihachi Okamoto, 1966) y quizá algo del feminismo panfletario al estilo de Los ángeles de Charlie (McG, 2000). Todo ello, con sumo conocimiento de causa.

Así las cosas, Tarantino apuesta fuerte por el pastiche cinematográfico, no sin antes destinar metraje al despertar y la recuperación de su pintoresca protagonista -una particular criatura de Frankenstein en versión rubia, sexy y matona-, como si quisiera justificar sus “freakies” intenciones. Un pastiche, por cierto, donde ese memorioso cineasta no reanima por primera vez… Ya lo había hecho con la misma actriz en Pulp Fiction (1994), de forma más explícita (con una inyección de adrenalina). También con estrellas como John Travolta, Samuel L. Jackson y Robert Forster, que habían perdido velocidad en Hollywood y fueron re-catapultados por Tarantino hacia la fama. Un golpecito a la espalda, de director a intérprete, que también se ha dado aquí, cuando Santiago Segura fichó, para la divertida Torrente (1998), a un anciano Tony Leblanc que -es triste reconocerlo- casi nadie echaba de menos. Todos ellos, grandes actores, son cuerpos del pasado reinsertados en el presente y bajo nuevas órdenes. Y eso es justo lo que hace Tarantino en Kill Bill: por un lado, impulsa a una actriz-amiga (Thurman), por otro, vuelve a poner en funcionamiento un arquetipo (la heroína que interpreta) en un entorno marcadamente posmoderno.

 Y el autor re-reafirma su discurso…

Con todo, es de agradecer que el énfant terrible de Hollywood argumente sus idas de olla y lo haga de forma simbólica. Para la masacre de los 88 maníacos (donde movimiento, colores y forma lo son todo), recurre al musical. Aquí, Tarantino se viste llamativo, despeja la pista de baile y nos obsequia con una secuencia inesperada que ha estado ensayando durante largo tiempo. Violencia, katanas y litros de rojo se encuentran en una composición apoteósica, rítmica, casi orgiástica; el preludio perfecto de un duelo final en un jardín oriental nevado, igualmente magnético, donde Tarantino vampiriza, una vez más, el cine de antes y lo escupe renovado en forma de bello y desenfadado homenaje. Tampoco olvidemos el discursillo que Thurman suelta tras masacrar a los 88 maníacos: “Los que tenéis la fortuna de seguir con vida largaos, pero dejad aquí vuestras extremidades cercenadas. Ahora son mías” –exclama la guerrera usando palabras que denotan esa apropiación pasional y descarada (marca Tarantino) de otras películas.

¿Ensayo revisionista sobre la cultura popular? ¿Sobre la reanimación de lo que se da por muerto hoy en día? ¿O sólo es una historia de venganza abierta a las múltiples lecturas del espectador? Que cada uno lo interprete como quiera. Si algo queda claro es que Kill Bill es una rareza de narrativa simple, casi trash, pero con un maquillaje visual tan perfecto que seria fútil criticarla por ello. Tarantino crea cine de laboratorio, como suele hacer, exhibiendo sus gustos y su obsesión por la mezcolanza de referencias, para ofrecernos un inspiradísimo aunque preciosista ejercicio de estilo que va destinado a espectadores alérgicos al prejuicio.

Carles M. Agenjo

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Acerca de Carles M. Agenjo

"Un día sin reír es un día perdido" (Chaplin)

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  1. Nestor dice:

    Interesante y exhaustivo análisis de un director que ha conseguido trasladar sus pasiones cinéfilas personales al gran público encandilándolos también. Podría haberle salido todo absolutamente mal y acabar siendo olvidado. Sin embargo, gracias a su audacia y atrevimiento en la puesta en escena, se ha convertido en uno de los directores más influyentes de la historia. Y que por mucho tiempo más siga deleitándonos con sus arriesgados proyectos !

  2. carlesmartinez88 dice:

    En efecto, se trata de un cineasta a tener en cuenta (pese a que haya muchos detractores que auguren sin fundamento suficiente que Tarantino no ocupará un lugar destacado en la historia del cine). Él es, para mí, uno de los paradigmas del posmodernismo cinematográfico.

    No obstante, el atrevimiento del que hablas no está en la puesta en escena (muy cuidada, muy estilizada), sino en los elementos que en ella encontramos: en la música extradiegética, en la caracterización de personajes, en la elección de según que planos (esa apertura de puertas tan John Ford) que están extraídos descarada y directamente del cine de antes.

    Tarantino es como un niño que copia el examen de otro y saca más buena nota que él.

    A ver qué nos ofrece en su nueva película (Django Unchained)… Esperemos que mantenga el listón alto, porque Malditos bastardos no era sino la reafirmación del estilo Tarantino, con el aliciente de que introducía el posmodernismo que lo caracteriza en un contexto de época.

  3. Nestor dice:

    En el tema de la música, de la elección de canciones, creo que se puede decir, sin exagerar, que es el mejor junto a Martin Scorsese.

    Sus CD’s de recopilación de canciones para cada una de sus películas son absolutamente imprescindibles.

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