El buen cine es apreciado hasta por los ciegos. Parece una hipérbole. Y no. El pasado fin de semana vi The Artist. Película muda y extraordinaria. No necesariamente en ese orden. Sin embargo, por notable que haya parecido a los expertos en Cannes, Sevilla y Washington, no pude disfrutarla como es debido. A la media hora de proyección, caí en la cuenta de que alguien susurraba frases incómodas. Como es natural, algunos espectadores empezaron a llamar la atención del inoportuno espectador. Lo que nadie sabía es que se trataba de un marido explicándole la película a su invidente esposa. Brillante idea para pasar la tarde… Parece ironía. Y sí. El cine, a diferencia del masaje, es un placer que se disfruta atento. Nunca distraído. Lo que sí es brillante –sin ironías– es la nueva película de Michel Hazanavicius. 

Cinéfilo empedernido, este director francés de barroco apellido disfruta haciendo filmes con la mirada fija en el pasado. Lo demostró en el díptico paródico sobre un superagente con aires sesenteros llamado OSS 117 y lo remarca ahora con The Artist, melodrama que retrata poéticamente la transición histórica del cine mudo al sonoro, enmarcada en la escena hollywoodiense post–D. W. Griffith. Hablando claro: un canto al cine de los orígenes. Pero también a la génesis del star system, a las películas mudas de aventuras, al peculiar modo en que se filmaban y anunciaban en los años 20-30, e incluso a aquellos musicales protagonizados por Fred Astaire y Ginger Rogers: la pareja de claqué por antonomasia.

Esto nos lleva a pensar una cosa: Hazanavicius parece ser otro miembro de ese cúmulo de directores recientes, obstinados en rendir homenaje al pasado mientras dejan una marca personal. Como Tarantino, Abrams o Reeves. Lo que está claro –sea o no Hazanavicius otro freaky del grupillo– es que ha emprendido una empresa arriesgadísima y ha logrado lo impensable: una excelente película comercial que es muda, extranjera, en blanco y negro y sin disparos. Y gusta a todos los públicos. No sólo al “gafapasta” de turno.

La historia está ambientada en ese momento de tránsito en que el cine empezaba a hablar… y los los Happy 20’ se despedían y un jueves negro estaba a punto de estallar. Pero The artist no se preocupa por abarcarlo todo, retratando la situación socio-económica del momento. Más bien quiere centrarse en el torbellino de emociones que agita a dos actores enamorados y distanciados por las consecuencias de la revolución tecnológica del siglo XX.

Él, interpretado por un inmejorable Jean Dujardin, es una suerte de Douglas Fairbanks venido a menos a raíz de la aparición del cine sonoro. Ella, la guapísima actriz Bérénice Bejo, una chica del montón a quien la suerte le sonríe cuando las grandes productoras la eligen para abanderar sus nuevas ofrendas para el gran público. Y la película que protagonizan, una sucesión de momentos divertidos y tristes, ardientes y mágicos, que sorprende por la alarmante eficacia de la propuesta, por lo impensable que resulta hoy que una película de forma añeja sea, al mismo tiempo, una película universal de éxito.

No es baladí afirmar que Hazanavicius ha renovado el entretenimiento popular con un producto simple, accesible y emotivo que, a través de secuencias ingeniosas –la de la escalera o la de la pesadilla sonora–, planos 100% wellesianos, injertos de la banda sonora de Vértigo (Hitchcock, 1958) y referencias a Chaplin, Lloyd, Keaton, Cantando bajo la lluvia (Donen, 1952) y Ha nacido una estrella (Wellman, 1937), se cree muy clásico. Y en realidad, sólo es un gustoso pastiche formulado con la memoria borrosa o sin mayor finalidad que el efectismo. Un film que, además, nos recuerda dos cosas: que lo moderno no tiene porqué ser actual, aunque sí bastante retro, y que la nuestra es una era muy parecida a la de la película. ¿A caso no vivimos tiempos de transformación técnica –Avatar (Cameron, 2009)– análogos a la transición del cine mudo-sonoro que refleja The Artist? Un film que, hablando del contexto de El cantor de jazz (Crosland, 1927), nos sirve, en última instancia, de comentario poético sobre la evolución técnica que atraviesa el cine de multisalas en los últimos años.

Todo ello, servido con suma nostalgia por el cine de los inicios. Y se subrayan estas intenciones con tantos o más arrestos que aquel espectador tratando de resumir la película a su ciega esposa, pese a los reproches que le llovieron durante la proyección. Algo digno de aplauso. Película y marido. Aunque luego sea pertinente volver a ver The Artist, sin lugar a dudas ni rastro de ironías, uno de los mejores filmes de 2011.

Carles M. Agenjo

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Acerca de Carles M. Agenjo

"Un día sin reír es un día perdido" (Chaplin)

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  1. Xavier Agenjo dice:

    Nadie comenta que el el reflejo en el espejo de ‘Cantando bajo la lluvia’.’ Será que yo soy muy raro…

  2. Xavier Agenjo dice:

    Bueno , tú sí; pero te llamas Agenjo y así casi no tiene mérito.

  3. carlesmartinez88 dice:

    jajajaj

    Es verdad! Este film está lleno de homenajes (en lo grande y en lo concreto). Al Hazanavicious ese le da por embutir muchas cosas de antes en un film de ahora (muy a lo Tarantino, pero a diferencia de éste, a veces lo hace sin más propósito que el artificio, no hay un conocimiento de causa, como sí lo hay en Malditos bastardos, por ejemplo: II GM + Western…)

  4. […] menos imprecisa y deslavazada que la película de Michael Hazanavicious, con la que, no obstante, también disfruté. No irá a los Óscar y sólo ganó el Premio Especial del Jurado en el festival de San Sebastián, […]

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