Casi nada innovador apareció en el horizonte cuando las carteleras de 2011 se abrieron al público como si de una familia revisando fotos se tratara. El cine es y será, en gran medida, una proyección de temas candentes –crisis financiera, Guerra de Irak– y de los supuestos gustos y preferencias de la masa, la misma masa que recupera modas pasadas, que a veces lleva redondeadas gafas de pasta y viste ropa chillona, tan característica de los años 80. Es entonces cuando uno se sienta en un cine, se apagan las luces y se da cuenta de que esa moda inspirada en el pasado no sólo se lleva en la calle. También se respira en las multisalas. Y no siempre gusta. Y cuando gusta, muchas veces se olvida con facilidad, porque vivimos en una era de películas-petardo, de cine que no está hecho para perdurar.

El nuevo Freddy Krueger ya no asusta, los monstruos digitales de la nueva Furia de titanes (Leterrier, 2010) ya no impresionan, Conan ya no se cree un bárbaro y, francamente, ese alienígena fumador de porros llamado Paul va de perlas para reciclar tanta nostalgia cinéfila, tantos remakes y precuelas del cine de los 80… Ante semejante panorama, sólo esa bonita caja de resonancia fílmica llamada Super 8 (Abrams, 2011) -además de Drive (Winding Refn, 2011)- parece lograr lo que las anteriores películas no alcanzaron: refabricar sin dejar de conmover. Por ello -y porque los ochenta están muy de moda– es pertinente fijar la mirada en el pasado, en esa década que tanto gusta y tanto se lleva. Y, más concretamente, en ese “cine de pandillas infantiles” que algunos productores no pueden quitarse de la cabeza.

Si hay algo que cualquier director de casting debería tener como referencia a la hora de elegir un reparto infantil es Cuenta conmigo (Rob Reiner, 1986), un derroche de talento interpretativo. Wil Wheaton y el difunto River Phoenix deslumbran imberbes en esta historia sobre un grupo de muchachos marginados y con problemas familiares que deciden acabar con el aburrimiento de verano y emprenden un viaje en busca del cadáver de un niño recién fallecido.

Con un título que habla por sí sólo, Cuenta conmigo es una cálida, lírica y profunda oda a la amistad y también un compendio de escenas que son el reflejo de la vida misma, de sus mejores y peores momentos. Reiner, con la ayuda de sus pequeños, ofrece una película triste de propiedades humanistas que destaca en lo concreto y en lo global, que está atenta a lo sutil, a las miradas, al torbellino de emociones que agita a los personajes, pero también a la evolución vital que recorren a lo largo del metraje.

Nominada al Óscar a Mejor guión adaptado, Cuenta conmigo es, sin duda, una de las mejores creaciones de Reiner, que se sirve de la literatura menos salvaje del maestro Stephen King para hablar de la necesidad de tener amigos y del difícil tránsito de la adolescencia a la madurez. Todo ello, tratado con seriedad, melancolía y momentos de verdadera risa e ingenio. Por si fuera poco, la banda sonora, a cargo de Jack Nietzsche, cuenta con una variación lenta y emotiva del mítico “Stand by me” de Ben E. King, como para quitarse el sombrero.

Saltamos ahora al terreno del cine comercial de evasión con Exploradores (Joe Dante, 1985), una comedieta infantil de sci-fi que también versa sobre un viaje de jóvenes y cuenta con la presencia de River Phoenix. Pero ni es profunda ni lírica. A diferencia de Reiner, Dante repele toda lectura psicológica y realista. Le interesa más la exhibición de efectos especiales –muy en la línea de Tron (Lisberger, 1982)– y un humor simple que sólo a ratos funciona.

Exploradores es una película amable y tonta sobre pequeños genios, aparatos voladores, relámpagos, chispas, muchos efectos de sonido y una parte final con extraterrestres de carnaval que bordea el ridículo. Asimismo, la película se antoja generosa en cuanto a referencias divertidas al cine fantástico añejo (esas pelis de serie B de los 50 y 60).

Joe Dante, “friki” confeso responsable de la descabellada Gremlins (1986), pone aquí el oficio más que el talento, en un producto entretenidillo que deja entrever esa típica obstinación del Hollywood de los 80: engastar el cine fantástico en un marco de cotidianeidad, protagonizado por niños soñadores y ambiciosos que tienen muy claras sus metas. Niños, por otra parte, muy distintos a aquellos chavales drogadictos que pululaban por la Alemania post-comunista retratada sin demasiado acierto en la también ochentera Christiane F. (Edel, 1981).

“Lo excepcional de trabajar con niños es que cada noche pienso en suicidarme” –apuntaba irónico Richard Donner en una entrevista que le hicieron tras finalizar Los goonies (1985), otro pilón a destacar en el cine de pandillas infantiles.

Aventuras, carcajadas, intriga y ternura son ingredientes fundamentales de esta película sobre otro grupo de amigos que, esta vez, van en busca de un tesoro perdido. Pero el mensaje ha cambiado ligeramente. La épica –parece anunciar la película como un padre a su hijo– es algo que dormita debajo de todas las cosas.

Con un diseño de producción que recuerda a “PortAventura” y marcado espíritu peterpanesco, Los goonies es un interesante filme de multisalas donde la acción y los efectos especiales sirven de carburante idóneo para activar un motor de emociones, tensión y risas, pilotado por personajes adorables y bien labrados. Las referencias literarias y al cine tampoco faltan en esta moderna cinta de piratas, trufada de diálogos inteligentes, que sirvió como película-experimento para impeler futuras estrellas de la industria norteamericana, tales como Josh Brolin y Sean Astin (el Sam de El señor de los anillos).

Carles M. Agenjo

Acerca de Carles M. Agenjo

"Un día sin reír es un día perdido" (Chaplin)

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