Stephen King dijo una vez: “las mejores historias sobre jóvenes son historias de viajes”. Una afirmación discutible, pero cierta. De La isla del tesoro (Fleming, 1934) a Welcome (Lioret, 2009) muchos filmes la corroboran. Pero lo importante aquí no es justificar sus palabras, sino identificar el contexto en que el autor de El resplandor las soltó. Lo estaban entrevistando a finales de los años 80, a raíz del estreno de Cuenta conmigo (Reiner, 1985), adaptación de una de sus novelas (The body) que parece el reflejo literario de lo que el cine hollywoodiense estrenaba en aquellos años: cine épico protagonizado por chavales, con un toque camp de ingenuidad y despreocupación ideal para sociedades del bienestar durante la época del triunfo del capitalismo en Occidente y de los mandatos de Reagan & Thacher.

E.T., el extraterrestre (1982), Exploradores (1985) y Los goonies (1985) integran –junto con la obra de Reiner– ese ochentero “cine de pandillas infantiles”: películas bonitas y didácticas sobre amigotes que emprenden un viaje y se convierten en héroes. Hablamos de esto por un motivo: Super 8 (J. J. Abrams, 2011), una película que destila amor incondicional por el cine y, en especial, por ese cine de los años 80. También siente pasión por el aparato fílmico que los abandera –el Super 8 que da título al film– y por las sensaciones que experimentaban los chavales de entonces, reunidos en el patio trasero de su casa, con la cámara hurtada al padre. Y es que el argumento de la nueva producción de J. J. Abrams tiene mucho de esos recuerdos e imaginaciones: un grupillo de jóvenes quiere rodar una peli casera y acaba buscando a un alienígena escondido en su pueblo.

Muchos ya lo han pensado. Tienen toda la razón. J. J. Abrams –también director de la undécima entrega de Star Trek– es un melancólico en potencia. Como Tarantino. Las intenciones de Super 8 son las mismas de, por ejemplo, Malditos bastardos (2009). Se copian formas de cine añejo, se entremezclan y se muestran, pero en bandeja de plata, trascendiendo la mera réplica. Abrams demuestra talento (esa escena catártica entre dos niños contemplando una proyección). Sin embargo, le falta atrevimiento. Al igual que Duncan Jones (y al contrario que Tarantino), el homenaje de Abrams al cine de antes es hiper-milimétrico y, por ello, falto de espontaneidad y frescura.

Super 8 es un producto intrigante, oscuro, a veces brutal, de ciencia ficción. Pero es una ciencia ficción “light”, más cercana al “E. T.” de Spielberg, que al “octavo pasajero” de Ridley Scott. No hay más que detectar los temas del film (conflictos paterno-filiales, el más allá penetrando en la América suburbial, amistad y romance prepúberes…) para darnos cuenta de que Abrams ha interiorizado muy bien el principio casa Spielberg (la destrucción sólo importa si te interesas por los personajes), pero se pasa tres pueblos cuando llega el clímax: en su autoconsciente homenaje, vierte más azúcar de la cuenta y le queda un desenlace demasiado ñoño.

J. J. Abrams es como Matt Reeves (Monstruoso, 2008), el niño espabilado de la clase. Integrantes de la nueva horneada de cine hollywoodiense, a esos dos les da por copiar. Pero copian con estilo. Y no sólo eso. En Super 8, además de homenajear, a Abrams también le da por criticar. Y acierta. La secuencia que precede a la catástrofe ferroviaria, cuando los chavales sueltan lágrimas ante la interpretación de la chica, es una afilada metáfora sobre la llegada de un nuevo modelo de cine espectáculo en la historia del cine, la llegada de la era Blockbuster (la nuestra), una etapa decadente donde la espectacularidad se antepone a la interpretación, donde los efectos especiales acaban pisoteando la voz y la mirada de la actriz capaz de emocionarnos. Así se manifiesta gran parte del cine comercial de hoy y Abrams no duda en remarcarlo.

Con más interés por la coherencia narrativa y los personajes redondos que por la pirotecnia, el padre de Perdidos (2004) nos regala una película atípica dentro del sci-fi contemporáneo, que posee sentido del ritmo, interpretaciones infantiles que dejarían boquiabierto a Hitchcock y momentos de impacto que rivalizan con el mejor cine catastrófico. Es obvio que Super 8 no aporta nada nuevo al cine, ni concede a su director la categoría de autor, pero es un delicioso regreso cinéfilo a un pasado reciente que merece la pena atesorar, estés o no empapado de memoria fílmica.

Carles M. Agenjo

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Acerca de Carles M. Agenjo

"Un día sin reír es un día perdido" (Chaplin)

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  1. Juan Manuel Garcia Ferrer dice:

    Es divertido constatar que hay escritores cinematográficos de por aquí que, ebrios de sus derias, ven en la película amateur filmada por los niños, que se reproduce en los títulos de crédito del final, el no va más de la esencia del cine, la obra perfecta a defender.
    Todo esto al margen, de acuerdo completamente contigo: La melaza dulzona de Spielberg, con final ET incluído, están a punto de hacer naufragar una película, por lo demás, muy simpática.
    ¡Ah! Vi el estropicio del tren muy cerca de la pantalla gigante de la Piazza Grande, en el Festival de Locarno, con sonido envolvente atronador. Por una vez, me dejé llevar divertido por los efectos especiales de una película, creyéndome en el escenario del descarrilamiento…
    Recuerdos,
    Juan Manuel

  2. carlesmartinez88 dice:

    Yo ví la película en una sesión de pre-estreno, en el Icaria. Y salí de la sala muy contento. Como bien dices, es una peli simpática, que cae bien. Y el homenaje que hace a todo este cine de finales de los 70 y los años 80 está muy bien hecho. Por eso tiene tanto de Tarantino esta película…

    Y no me atrevería a decir que el regalito amateur del final (Romero Productions) es la esencia y la perfección a defender, pero sí otro guiño al cine de terror con el que crecieron muchos chavales de aquella época. Y algunos de estos chavales, más adultos que pequeños, triunfaron en pantalla grande. Sam Raimi y Peter Jackson son claros ejemplos.

  3. A mi super8 me parece un quiero y no puedo. Un intento de aproximarse al espíritu de películas ochenteras del estilo ET o los Goonies, pero se queda en eso, en un intento.
    La historia está manida hasta más no poder y los personajes de los niños son arquetípicos hasta la nausea: el gordo listillo, el pequeñajo cabroncete, el prota que acaba de sufrir una desgracia y la chica guapa.
    Entretenida es, pero desde luego, cualquier comparación con las ya mencionadas ET, los Goonies o Cuenta Conmigo, por ejemplo, es un auténtico insulto.

  4. carlesmartinez88 dice:

    Te puede parecer un quiero y no puedo por lo “freaky” que es Abrams (el director) a la hora de rendir homenaje autoconsciente a ese cine ochentero de la Amblin e incluso a las pelis cutres de serie B de sci-fi de los 50 (que por cierto no he citado en el artículo). Su homenaje es demasiado calculado, demasiado frío… (ese monstruo, al final, mucha penita no da, más bien descoloca un poco y queda todo demasiado ñoño, demasiado spielbergiano).

    Sin embargo, lo que no puedes negar es el talento y el interés que genera Abrams, la historia que nos cuenta, lo bien paridos que están los personajes infantiles y el puñado de secuencias que se te quedan incrustadas en las neuronas. A saber: el prólogo (una lección de cine, de saber contar con imágenes)

    Que luego compare esta gran película con buen cine de pandillas de los ochenta (Goonies, Stand by me…) lo hago para dar a conocer a quienes no las han visto y, sobre todo, para remarcar la tendencia que ha llevado el cine comercial de 2011: un homenaje a los 80.

    Quién sabe la década que los productores homenajearan ahora… ¿Los 70 tal vez? Tras ver el remake de Perros de paja… esperemos que no

    ¡Saludos!

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