El cine del siglo XXI no sólo cabalga por terrenos de evasión. También regresa a la pincelada menos fantástica, más próxima a la realidad, esa que entronca con el documental y movimientos realistas de la historia del cine –como el Neorrealismo Italiano– aunque desde posturas y contextos radicalmente distintos. No es sólo entretenimiento en estado puro lo que encontramos en cartelera, también se detectan los pasos de un cine nuevamente realista, testimonios históricos de cara al futuro.

Carancho (Trapero, 2010), Fish Tank (Arnold, 2009) y Un profeta (Audiard, 2009) son ejemplos recientes de este tipo de cine que trata de explicar y mostrar las cosas al detalle, con toda su complejidad, con todos sus matices. En la misma línea está El silencio de Lorna, una película dirigida por los hermanos Dardenne, donde el guión, lo que se muestra en pantalla y lo que no, lo es todo. La elipsis narrativa es un recurso muy bien introducido en este drama que sorprende de forma seca, directa, sin revestir la trama de efectismos. Así es la nueva pieza de Jean-Pierre y Luc Dardenne: no requiere explicitar para brillar y se aleja de la edulcoración que suele exudar el cine estadounidense.

Y esto se tuvo en cuenta en la Edición 2008 del Festival de Cannes. Los Dardenne –dúo fraternal que cultiva cine social desde los 90– fueron premiados al Mejor Guión por una película que tiene fobia a la sencillez: Lorna, una joven albanesa, aspira a comprar un bar con su novio Sokol. La pareja opta por el mal camino asociándose con Fabio, mafioso que ha organizado un matrimonio de conveniencia entre Lorna y un yonqui para que ella pueda obtener la nacionalidad belga. Tras su divorcio, la joven deberá casarse con un ruso que quiere lo mismo que ella y está dispuesto a pagar una generosa suma de dinero. El problema es que Fabio planea matar al drogadicto en vistas de la segunda boda y Lorna se opone a lucrarse en detrimento de una vida humana.

Jérémie Renier y Arta Dobroshi, los actorazos del film

Todos queremos ganar dinero –dicen los Dardenne. Algunos se desprenden de la ética para lograrlo. A otros, más honrados, les asalta el dilema moral antes de hacerlo. Pero ya es demasiado tarde, la materialista rueda del dinero ha empezado a girar y para los artífices del plan no hay, ni ha habido, espacio para la compasión de última hora.

Con esta galardonada historia, dos directores belgas firman un thriller que mueve las piezas canónicas del cine negro, pero donde el personaje “fatal” no es la femme, sino un mafioso llamado Fabio, y la historia se centra en una protagonista torturada que se opone a homenajear al clásico asesinato del género noir. La película también encierra temas de actualidad en un marco de problemática social donde, mientras unos tratan de forrarse como sea, otros –procedentes del Este– quieren formar parte de la Unión Europea. A todo ello se le añade una profunda exploración de la psicología humana y esa suerte de denuncia que el film despide contra el ciudadano amoral. El depredador de la sociedad. El que se lucra a costa de los demás. Sin reparar en la dignidad de la persona. Ni siquiera en su derecho a vivir.

Los Dardenne rodeados de su genial reparto

Por lo que al reparto se refiere, el film apoya su peso en el personaje heroinómano que interpreta Jérémie Renier, de gran calado dramático, y todavía más en el de Lorna. La actriz kosovana Arta Dobroshi realiza un encomiable debut interpretando a una mujer acosada por las garras de la codicia, víctima de un entorno infectado por negocios sucios. Lorna es un cordero en territorio de lobos, un objeto manejado a merced de seres insensibles que apuestan por el amor postizo y violan los derechos humanos. Y a los hermanos Dardenne no les ha hecho falta teñir imágenes de rojo ni tornarse melodramáticos para triunfar con su propuesta.

El silencio de Lorna es un producto melancólico y de tonos grisáceos que, pese a su falta de ritmo y sazón, sabe atrapar al espectador con un script inteligente, captado con una fotografía natural y cercana, que exige un mínimo del espectador y ofrece lo mejor de sus autores: hacernos palpar la gélida superficie del suelo y sentir la realidad tal y como podría ser.

Carles M. Agenjo

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Acerca de Carles M. Agenjo

"Un día sin reír es un día perdido" (Chaplin)

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