Tuvo una infancia difícil, marcada por la muerte de su padre y por culpa de una madre irresponsable. Luego empezaron los amantes. El compositor húngaro Frans Liszt, Luis I de Baviera… Finalmente se alejó de todos ellos para acabar trabajando como espectáculo visual. Ahora, expuesta al público, nos revela la historia de su vida. ¿Que quién es? Una famosa cortesana. Lola Montes.

Reivindicada por los componentes de la Nouvelle Vague, la película lleva el nombre de su protagonista. Y casi medio siglo después de su estreno, Lola Montes sigue deleitando. Entre otras cosas, por sus buenas interpretaciones. Peter Ustinov deslumbra en la piel de un codicioso maestro circense y Martine Carol se saca de las entrañas la mejor interpretación de su escueta carrera como actriz.

La joven Carol dibuja un recorrido casi completo por la vida de Lola, una mujer envejecida prematuramente, víctima de una época culturalmente empobrecida de la que fue hija sin quererlo. “No me importa cómo bailas, lo que me importa es el escándalo” –dice el materialista y amoral personaje de Ustinov, en palabras que rezuman falta de dignidad y bien pueden extrapolarse al sensacionalismo que emana de la televisión rosa actual, donde morbo y estupidez están al orden del día.

Pero Lola Montes no tiene nada que ver con esta reciente explosión de banalidad. El rechazo de todo lo tradicional, la modernidad y el feminismo son los verdaderos colores que abandera la protagonista, tanto por su desenfadado aspecto de fumadora y bailaora de flamenco –un baile rupturista por aquel entonces– como por su carácter independiente, aventurero y liberal.

El director alemán Max Ophüls

Curiosa resulta, por otra parte, la conexión paralela que narrativamente establece el director, Max Ophüls, entre la vida de Lola –representada por medio del flashback– y el modo en que ésta es coreografiada en el circo. Ophüls entreteje con mano maestra los números que se suceden en el espectáculo y las distintas situaciones reales que vivió la protagonista, en una obra que exhibe complejos números acrobáticos, goza de apasionadas escenas románticas y cuyo elemento común es el preciosista atrezzo que los acompaña,  descaradamente barroco.

Más labrada está, sin embargo, la representación circense de la vida de Lola, un espectáculo sin parangón, auténtico regalo para la retina, que va “in crescendo” a lo largo de la trama hasta llegar a un clímax que no sólo es dramático, también simbólico. Ese descenso vital de Lola –de amante real a atracción de feria, de trampolín a cama elástica– perdura en la memoria. Muy cuidada está también la fotografía, saturada de color y movimiento y usuaria de la profundidad de campo. Ophüls captura conversaciones y estados de ánimo en espacios sobrecargados de objetos, como si de un Orson Welles afeminado se tratara.

Sin duda, la barcelonesa sala Verdi ha vuelto a acertar en sus reposiciones. Pese a tener un procedimiento denso y un metraje excesivo, la obra póstuma de Max Ophüls logra hipnotizar por su inconmensurable plasticidad visual y sutilísimos diálogos a cargo de un reparto excelente. Montes, esta incomprendida golondrina –deseada, capturada e humillada por el hombre– ha regresado a la cartelera completamente restaurada y en versión Cinemascope, con objeto de satisfacer a quienes disfrutan saboreando clásicos.


Carles M. Agenjo

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Acerca de Carles M. Agenjo

"Un día sin reír es un día perdido" (Chaplin)

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