Un encuentro en medio del desierto. Dos miradas furiosas. El viento huele a sed de venganza, las palabras intercambiadas también.

Duelo de western parece… película no es. Son datos descriptivos de Dragon Ball Z, la segunda temporada de una serie de televisión –con el mismo título pero sin la Z– que arrastró a millones de niños y jóvenes conocidos hoy, popularmente, como la “Generación Toriyama”. Una denominación con obvio motivo. El autor de esta aclamada serie, en formato audiovisual y en tebeo, se llama Akira Toriyama.

Si a esto le añadimos una miríada de series y películas anime –como Dr. Slump, Capitán Harlock, Los caballeros del zodíaco o Ninja Scroll– tenemos la epidémica fiebre de producciones asiáticas que se extendió por todo el globo entre los años 80 y 90. De entre esos productos, reemitidos en España hasta la saciedad, destaca la historia del icónico Son Goku, extraterrestre con apariencia humana destinado a luchar por la paz en un universo infestado de bichos malignos.

La serie que protagoniza, por cierto, no es apta para peques. Su contenido –violento, brutal, a veces gore y con humor picante– sedimentó en la memoria juvenil y despertó un sinnúmero de fans. Pero también levantó ampollas a padres e instituciones reguladoras de contenidos audiovisuales, como Telespectadors Associats de Catalunya.

Una extraña naturaleza

Pero Dragon Ball Z no sólo muestra dolor, sangre, escotes y nalgas. Aparte de indignar al público conservador, esta serie es para el cinéfilo –y por extraño que pueda parecer– un pastiche de referencias realmente extraño que convierte a Akira Toriyama en una especie de Tarantino a la japonesa.

Me explico. El mangaka y director nipón ha creado una freaky combinación violento-erótica cargada de ecos al cine oriental de mamporros que prosperó en los años 70 y –pese a ignorar revólveres y caballos– al subgénero mediterráneo del Spaghetti Western germinado en la Almería de los 60. Dos subgéneros deudores del cine japonés de samuráis, donde priman combate y dilataciones temporales. Quentin Tarantino unió ambos subgéneros en su díptico de Kill Bill (2003), pero Toriyama ya los había juntado en Dragon Ball Z (1989), una serie a caballo entre la modernidad y tradición japonesas.

La katana, el kimono y lo Zen –que permite a los personajes atacar a distancia, teñirse de golpe y volar– son elementos vitales de un producto en el que también está muy presente la ciencia ficción y el cyberpunk, manifestados en forma de naves espaciales para viajar en el tiempo, cápsulas que devienen viviendas y robustos androides capaces de eliminar una ciudad entera.

Clint Eastwood versus Gian María Volonté...

...Goku contra Cèl·lula

Pero dejemos a un lado las descripciones. Seamos críticos. La calidad narrativa de Bola de dragón Z es más que discutible, por la alarmante flaqueza de sus diálogos y algunas situaciones. El aspecto visual, sin embargo, es todo un festín de acción y pirotecnia muy digno de ver, que va acompañado de una banda sonora magnética, furiosa, perfecta para cerrar la atmósfera en la que está inmerso el espectador. Aparte de las antológicas canciones de introducción y desenlace –Llum, foc, destrucció…– la serie contiene melodías que hasta cierto punto recuerdan a las composiciones de Ennio Morricone, encargado por antonomasia de musicar los westerns de Sergio Leone. Y eso es un piropo para el compositor de Dragon Ball Z: un tal Shunsuke Kikuchi.

Las películas de Leone, sin embargo, son sólo posibles referencias. Como también lo es la novela china Viaje al Oeste, una leyenda popular –que Toriyama adaptó a su antojo– sobre un chulesco primate con poderes sobrenaturales, cuya arma fue un bastón rojo que se alarga y cuyos ojos se tornaron dorados en un momento de rabia: claros rasgos del mítico Goku.

Sun Wukong, el mono protagonista de "Viaje al Oeste"

Lo que realmente importa en Bola de drac –con o sin la Z– es la forma, su estética extravagante y su contenido de impacto, relacionados estrechamente con la anciana espiritualidad oriental. Algo que Hollywood no ha sabido llevar a la gran pantalla con la estúpida y comercial Dragon Ball Evolution (James Wong, 2009), una película que trastorna la historia de su fuente nipona, debilitando sus virtudes y enfermándola con esa infantiloide corrección política que las productoras norteamericanas siembran en sus filmes de acción.

¿Tan difícil es crear una película interesante y respetuosa sobre uno de los tótems de la Generación Toriyama? Para Hollywood, dispuesto a resetearlo todo a su manera, parece que sí. Unos aficionados galos en Youtube, sin embargo, demuestran todo lo contrario.

Carles M. Agenjo

Acerca de Carles M. Agenjo

"Un día sin reír es un día perdido" (Chaplin)

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  1. Francesc dice:

    M’ha encantat! sobretot és cert les semblances amb els spaguetti westerns del Leone: mirada contra mirada i temps en suspensió. Pero a Bola de drac Z es passaven🙂
    És graciós com va començar inspirant-se en el relat de “Odisea al oeste” i s’ha creat després el seu món amb els sayians i tot plegat. Però és molt cert que als 90’s el jovent ens enganxava i molt Bola de drac. Saludos!

  2. carlesmartinez88 dice:

    Gràcies Francesc!

    M’he mullat bastant comparant la sèrie amb un subgènere de cine com l’espagueti western, però no deixo de veure-ho així. T’ho comento perquè molta gent ho ha trobat molt raro.
    En qualsevol cas, sobre una cosa així vaig pensar que havia d’escriure algo currat i pensat.

    A reveure!

  3. Pol González dice:

    Molt interessant, mai ho hauria comparat com ho has fet! I sort que no has comentat res del Bola de Drac GT…

    I també cal destacar “l’autèntic” català que ens oferia la sèrie! (apart, clar, de violència, humor picant, i tot això!)

    Salut!

  4. carlesmartinez88 dice:

    Totalment cert!

    Aquesta sèrie s’ha de veure en català.

    Gràcies pel comentari, Pol

  5. aaron dice:

    que fino es goku pero lo matan como 6 veses no se asi me dise mi padre no se preguntenme

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