¿Alguien recuerda The crazies? Estrenada en los 70, una de las obras menores de George A. Romero, director de la frenética y popular Noche de los muertos vivientes… Pues hay una nueva versión, estrenada en 2010, en formato comercial, atada al cliché, como les gusta a los grandes públicos. Su responsable se llama Breck Eisner y hace dos años demostró su enorme pasión por el género de terror rodando Sacrificio, el capítulo piloto de una serie sobre insaciables vampiros. Aquello no fue nada del otro mundo, pero le sirvió para entrar con fuerza en territorio de sustos y vísceras. De igual modo, el batacazo que Eisner se llevó después de estrenar Sahara lo hizo caer muy bajo y fue engullido por las arenas movedizas del cine convencional y mediocre que nos llega de Estados Unidos.

Con exigente mirada hacia el pasado, el resultado de la nueva The crazies se podía intuir. Otro filme de sustos sonoros recién salido de la cadena de producción Hollywood. Pero las apariencias engañan, como ya sucedió con Al límite (Mel Gibson, 2010). Sin la mitad de talento que el director de Braveheart, Eisner ha realizado un distinto y gozoso remake de la obra original de Romero, cuando menos interesante de ver, que agradará a todo tipo de espectadores. Buena parte del gran público quedó satisfecho, maniáticos y expertos también.

 

 

Nos encontramos en una pequeña ciudad de Pensilvania –cuenta The crazies– que de repente se ve afectada por el contenido tóxico de un avión militar que se ha estrellado en sus cercanías. Lo que parecía un tranquilo y feliz poblado americano se convierte en un infierno para un pequeño grupo de supervivientes que deberá ingeniárselas para escapar, mientras son atacados por una modalidad distinta del clásico zombi: no muerden, te atacan con lo que tienen más cerca. Y también llegará el ejército, con órdenes antihumanas, que tratará de contener el virus como sea.

Una sabia elección de espacios cotidianos acompaña esa historia. Ya sea dentro de una casa, en la clase de una escuela o en un desaconsejable túnel del lavado, Breck Eisner y sus guionistas logran tensar al espectador en la mayoría de escenas. Entre golpe y cuchillada, sin embargo, los creadores resbalan con diálogos y frases forzadas, características del cine convencional. Y esto, sumado a un desenlace efectista en el que el dúo protagonista –Timothy Olyphant y Radha Mitchell– deviene una pareja de invencibles superhéroes, le quita brillo al producto final.

 

Breck Eisner dando indicaciones a Timothy Olyphant

 

Una cosa queda clara. Breck Eisner no es Balagueró ni Plaza, verdaderos revolucionarios del cine agobiante tras finiquitar el tándem de REC. Tampoco tiene la madera de Juan Carlos Fresnadillo, director de la espléndida 28 semanas después. Pero el que firmó el remake de The crazies se ha llevado el bronce. Su propuesta galopa entre el suspense del cine sobre conspiraciones y las más vibrantes secuencias de persecución. De esas que recorren tu espalda.

Con ritmo, sabor y olor a miedo, y un reparto que ni apasiona ni decepciona, Eisner ha pergeñado un interesante film de bajo coste que es sencillo, tópico y olvidadizo, pero tremendamente intrigante y con buen sentido del ritmo. ¿Por qué pedirle más? Pues sí, sólo una cosa: que no pierda el tiempo ni la cabeza con una fútil secuela.

 

Carles M. Agenjo

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Acerca de Carles M. Agenjo

"Un día sin reír es un día perdido" (Chaplin)

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